Camilo Namén, a sus 77 años continúa recordando su niñez y al gran amigo

-Él es un gigante enmarcado en cantos vallenatos que han llenado el pentagrama de notas alegres y tristes, testimonio de su amplia y noble vida-

Por Juan Rincón Vanegas – @juanrinconv

“Me caen 70 más siete años y sigo dándole gracias a Dios por lo poco o mucho que me ha dado. Durante el trayecto de mi vida he sido un compositor fiel al vallenato raizal, ese donde la esencia es real”, comienza diciendo Camilo Namén Rapalino con motivo de la fecha de nacimiento, hecho que sucedió en Chimichagua, el 22 de junio de 1944.

El autor de más de 110 canciones, 80 de ellas grabadas, hace un repaso por sus obras y dice que muchas se han quedado en el sentir de todos, señalando especialmente a ‘Recordando mi niñez’, ‘Mi gran amigo’, ‘Recuerdos de mi pueblo’, ‘La ceiba del puerto’, ‘Encuentro con el diablo’, ‘Las canas de mi vieja’, ‘De la misma manera’, ‘Qué más te doy’ y ‘El pechiche’.

En el diálogo se trasladó a su terruño bañado por la ciénaga de Zapatosa, y de inmediato recordó su niñez al lado de sus padres Felipe Namén Fraija y Concepción Rapalino, y de sus hermanos María, Ignacia, Sandra, Ismael, Felipe, Jesús y Melquisedec.

“Quise dejar constancia de esa época y por eso hice el canto ‘Recordando mi niñez’ que me grabó Jorge Oñate, y que ganó en el año 1972 el concurso de la canción inédita del Festival Vallenato. En ella hago énfasis en que cuando uno está niño quiere crecer ligero y ahora con paciencia espero la vejez”.

Enseguida se puso a repasar esas etapas de la vida donde los años han ido pasando con prisa porque el reloj del tiempo nunca se detiene.

“Me llega la nostalgia al recordar ese canto porque dice la verdad de todo lo que sucedió. En estos momentos de reflexión se suman muchas tristezas y alegrías, pero la verdad es que bonita que es la vida cuando uno está niño y después quiere crecer ligero, sin pensar en lo demás”, expresó muy convencido.

De aquel tiempo de la niñez le quedó un retrato que su mamá Concepción conocida como ‘Concha’, le mandó a enmarcar, el mismo que ha viajado por el tiempo hasta no desprenderse del corazón de ese hijo que la premió con la canción ‘Las canas de mi vieja”.

Camilo, entra nuevamente en la etapa de los recuerdos y anota. “Los tiempos han cambiado del cielo a la tierra, pero insisto en que la época nuestra se tuvo esa inocencia, ese cariño cercano de los hijos hacía los padres y el pensamiento de seguir su ejemplo de amor, bondad y buenas costumbres”.

Después hizo un recorrido por los puntos cardinales de su pueblo citando hechos, personajes y cantos, volviendo a sentir ese reencuentro que lo hizo llorar. “Quiero volver a mi pueblo, nuestro pueblo”, dijo.

Mi gran amigo

Un hecho que le cambió la vida a Camilo Namén sucedió el lunes 19 de enero de 1970, cuando falleció su padre Felipe Namén Fraija, quien contaba con 54 años.

En medio del dolor y las lágrimas la única alternativa que tuvo fue componerle una canción a ese padre bueno, noble y querendón.

“La canción la hice cuando tenía 26 años y hoy repito que ‘Mi gran amigo’, es el canto del dolor, de la añoranza, de las lágrimas inagotables y del amor hacía un padre que murió hace 51 años. Es un merengue con un amigo fiel sentado en el pentagrama del sentimiento donde se marca la más grande nota triste”.

Las vivencias con su papá dieron para que en el año 1972 ese canto lo grabaran los Hermanos López, con el magistral canto de Jorge Oñate.

Entonces Camilo señala. “Me gustó la interpretación que no ha dejado de escucharse. Quedó bien representada la generosidad de mi padre, un hombre integral, y por eso el homenaje cantado que todavía me conmueve el alma, y no solamente a mí, sino a miles de hijos”.

Estando metido de lleno en la canción pide el favor de dejarlo contar la manera como la dió a conocer. “Cuando se cumplieron las nueve noches de su muerte, después del rezo, y antes de levantar la tumba, canté por primera vez la canción. No sé cómo la pude cantar, pero las lágrimas fueron colectivas. En ese momento supe que mi viejo sería eterno y no me equivoqué”.

Sin hacer pausa confiesa que siempre llora al cantar la canción. “Nunca lo olvidaré porque su nombre y su obra siguen latentes. Hay muchos testimonios de hijos que me abordan y lloran conmigo. Lo importante es el cariño que se merece el folclor vallenato al tener esta joya musical”.

Camilo, quien se la pasó sollozando en la mayoría del trayecto de la entrevista donde su viejo era la figura central, respondió la pregunta si sus hijos le han correspondido como él lo hizo con su padre. Agachó la cabeza, luego la levantó y con el amor reflejado en su rostro, anotó: “Sí. Lo digo con emoción. El mayor, Felipe Andrés, ahí está el nombre de mi padre; Maryuri Zabeth, y un par de mellos, Camilo y Camila han sido fieles. Los cuatro son la mayor bendición de mi vida”.

Al cerrar ese capítulo se puso de pie con los ojos cerrados y entre lágrimas cantó. “Tan bueno y tan noble como era mi padre, y la muerte infame me lo arrebató, esos son los dolores y las penas tan grandes que a sufrir en la vida le pone a uno Dios. Mi padre fue mi gran amigo, mi padre fue mi amigo fiel, mi padre se jugaba conmigo y yo me jugaba con él”.

En su cumpleaños número 77, Camilo Namén el hombre gigante y querendón, ese que de sus vivencias hace canciones no olvida a su querido pueblo Chimichagua, la tierra sagrada que un día lo vió nacer. Al hacerlo le causa sentimiento y hasta el alma le llora por dentro.

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