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-Un año de la despedida de la vida del Rey Vallenato Calixto Antonio Ochoa Campo, quien escribió páginas gloriosas en el folclor y recibió el más grande homenaje en el Festival de la Leyenda Vallenata del año 2012.- 

Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

En medio de una cadena de recuerdos Rolando Ochoa Tardiú trajo a su pensamiento todas esas vivencias acumuladas en la vida de ‘El viejo Calo’, como sigue llamando a su papá Calixto Antonio Ochoa Campo, el hijo querido de Valencia de Jesús.

Hizo una parada en su ajetreado trajín musical que comprende conciertos al lado del cantante Martín Elías, grabaciones y composiciones para sentarse a rendirle un nuevo homenaje a su progenitor, esta vez contando detalles que le marcaron su vida y que hoy lo tienen en un lugar de honor dentro del mundo vallenato.

“En vida a ‘El viejo Calo’, mi querido papá, se le entregó todo. Mi misión como hijo fue darle alegrías, seguir sus pasos y se sentía orgulloso de mí. La tarea no acaba porque su dinastía la tenemos que sacar adelante”.

Las palabras huyeron porque las lágrimas salieron y su voz se quebrantó. Ya un poco repuesto volvió a seguir con la entrevista. “Mi papá sembró y cosechó los mejores frutos del folclor vallenato. Predicó con su humildad y calidad humana y lo más importante es que nos enseñó no mirar a los demás por encima del hombro. No eres más, ni menos que nadie, solía decirnos”. 

Homenaje musical 

La marca de Calixto Ochoa continúa más vigente que nunca, a pesar de pasar un año de su partida. Sus canciones no dejan de sonar, entre ellas las que registran las dos producciones musicales que ha hecho su hijo Rolando.

“A ‘El viejo Calo’, le hice ese homenaje que ha sido bien recibido porque se hizo con todo el sentimiento y el apoyo de los mejores cantantes vallenatos. El próximo año le haré un nuevo homenaje  junto a Alfredo Gutiérrez, un juglar que tuvo todo el respaldo de mi papá”.

Al tratar de indagarle sobre la canción del amplio repertorio de Calixto Ochoa, que más le gustaba no dudo en manifestar que era: ‘Sueño triste’. 

En la revelación de un sueño

yo presenciaba mi cadáver,

pero esto tenia un misterio

porque yo amanecí grave.

El día que muera este negro

quedará de luto el Valle.

Rolando Ochoa canta los primeros versos. Se detiene y anota. “Esa canción la compuso ‘El viejo Calo’ en 1969, y fue como la radiografía de su despedida del mundo terrenal porque tal como dice se cumplió. Estuvo de luto el Valle y todo el país, lo llorábamos todos y su acordeón quedó de luto”. 

La primera presentación 

A medida que iba avanzando el diálogo Rolando recordaba diversos momentos y llegó al punto de su debut como acordeonero por solicitud de su papá. “Lo voy a contar tal como sucedió porque fue el más bello inicio de mi vida musical”.

Levanta su mirada al cielo y comienza a narrar. “Tenía 12 años, y ‘El viejo Calo’ me llevó a una caseta en Purísima, Córdoba. Cuando ya iba la tercera tanda, antes eran cuatro tandas, yo me estaba durmiendo. Debían ser como las dos de la mañana cuando ‘El viejo Calo’ me anunció diciendo. “Les voy a presentar a mi hijo Rolando que toca muy bien”. Enseguida pidió permiso y la gente aplaudió”.

Lo que no esperaba Calixto Ochoa era que el hijo se negara porque estaba casi dormido, pero él lo animó y lo hizo tocar su acordeón.

“Me animó diciéndome que tocaba bien y era la ocasión para perderle el miedo a la gente. Lo hice e interpreté la canción ‘Alicia la campesina’ de Andrés Landero. No más terminé tomó el micrófono y dijo: “Vea, este pelao va a tocar una canción de otro compositor teniendo yo tantas”. La gente se echo a reír”.

Rolando atendiendo la petición de su papá interpretó ‘Muriendo lentamente’.

“Mi viejo, se emocionó y cada vez que recuerdo esta historia me lleno de sentimiento porque fue el inicio de mi proceso musical. ‘El viejo Calo’ alcanzó a vivir parte de mis triunfos y se sentía muy orgulloso. No me canso de repetirlo”.

 

Muchas gracias 

Rolando Ochoa sigue contando sobre la vida de su padre y expresa su agradecimiento a la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata por rendirle hace cuatro años el más grande homenaje en el Festival de la Leyenda Vallenata.

“Ese homenaje fue espectacular. ‘El viejo Calo’ vivió grandes momentos al recordar toda su historia musical y su vida en este territorio donde partió siendo muy jovencito. Lindo ese homenaje en vida”.

Continuó diciendo que muchos cantantes vallenatos y extranjeros contribuyeron con su voz a la grandeza musical de su padre y que en total le habían grabado mil 123 canciones.

Calixto Ochoa, fue padre de nueve hijos: Calixto, César, Rolando, Adonay, Jackelyn, Katia, Kelly, Alba y María José. 

La despedida 

Cuando Rolando Ochoa tomaba su acordeón para hacer la introducción de varias de las canciones de su papá con la finalidad de concluir la entrevista recordó el último momento que vio a su padre con vida,

“Pocas horas antes lo visité en la clínica y estaba sereno. Cuando le hablé abrió los ojos y empezó a llorar. Le dije que estuviera tranquilo que Dios le había regalado tantas cosas bellas como su familia y su música que alegró millones de corazones”.

Rolando, el hijo que sigue cosechando notas y canciones está metido en ese mundo al que aquella noche de hace 27 años en un pueblo cordobés su papá le hizo tomar el alimento necesario para que fuera su sucesor, compromiso que viene asumiendo con altura y conociendo aquellas sabias palabras: “Mijo, si te vas a dedicar a la música, tienes que tener presente que por muy bueno que seas, por muchos logros que alcances, nunca vas a tener contento a todo el mundo. Así que como los mulos y caballos de los carromulas, lo mejor es no mirar para los lados. Siempre para el frente, echar para adelante”.

Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

El 30 de abril de 1968, Gilberto Alejandro Durán Díaz se coronó en la Plaza Alfonso López de Valledupar como el primer rey del Festival de la Leyenda Vallenata, acompañado por el cajero Pastor ‘El Niño’ Arrieta y el guacharaquero Juan Manuel Tapias.

En la competencia final presentó las siguientes canciones: el paseo, ‘La cachucha bacana’; el merengue: ‘Elvirita’ y la puya: ‘Mi pedazo de acordeón’, todas de su autoría. Además, del son, ‘Alicia adorada’ de Juancho Polo Valencia.

La mañana del primero de mayo, un día después de su triunfo, la primera visita que hizo Alejo Durán como soberano del acordeón fue a la vieja casona donde vivía Consuelo Araujonoguera, y ella aprovechó para hacerle una sinigual entrevista.

En esa entrevista ‘El Negro’ Alejo, habló con inteligencia, pausa y midiendo sus palabras. Contó detalles inéditos de su vida, de su familia y de las ganas de dejar muy en alto el nombre del folclor vallenato, tal como sucedió con el paso de los años.

Sin muchos preámbulos y en la cocina, porque ‘La Cacica’ a esa hora desayunaba con su esposo Hernando Molina Céspedes, se comenzaron a acumular palabras en una vieja grabadora, y la primera pregunta fue que contara sobre su vida.

Enseguida relató: “Nací en El Paso, Magdalena, el 9 de febrero de 1919. Padres. Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal. Me crié en la finca ‘Las cabezas’ de los Gutiérrez de Piñeres. Mis padres trabajaban con ellos y allí en medio del ganado, unas veces ordeñando y otras ayudando a enrejar los terneros trascurrió mi infancia. En esa finca trabajé hasta los 30 años, y no era un trabajador, sino que era considerado parte de la familia”.

Esos recuerdos lo llevaron a contar el momento en que tomó por primera vez un acordeón y se estrenó como compositor.

“Como a las 19 años cogí por primera vez un acordeón en mis manos. Tocaba de oído, pero no comencé tocando cosas de otros, sino creando de una vez mi propia música. Recuerdo que la primera pieza que compuse la llamé ‘Las cocas”.

Hace un alto en su narración y explica el significado de esa canción en aire de merengue. “Resulta que en las fincas había siempre un muchacho a quien llamaban ‘Coqui’, quien era el encargado de preparar los alimentos para las cuadrillas de trabajadores, pero después los patrones resolvieron darle esa tarea a las mujeres. Entonces resolvimos llamarlas ‘Cocas’ y así se quedaron”.

Seguidamente comenta que al salir de las labores del campo se dedicó de lleno a la música. “Comencé a tocar y componer en firme. Vivía prácticamente de mi acordeón y lo hacía en la región de El Paso donde no tenía competencia de ninguna clase”.

Entrando en los terrenos movedizos del amor, vino el interrogante sobre sí había sido mujeriego y Alejo no habló sino que solamente sonrió y contra preguntó: ¿Y qué hombre no es mujeriego cuando joven? Ahí quedó clausurado ese tema.

Pero entró a uno casi igual sobre su vida sentimental. ¿Eres casado?

“Si, me casé en el año 1954 con Joselina Salas Buelvas, y a los tres años nos abandonamos. Y es como si hubiera muerto porque mujer que no vive con su hombre pa’ él no existe. Con ella tuve dos hijas, y por la calle seis más. A toditos ocho los atiendo. Mejor dejemos eso de las mujeres porque yo he sido un poco echao pa’ lante y mejor es no hablar. Figúrese a mí que siempre me gustan y mi arte que se presta”… 

La canción 039 

En medio del ameno diálogo vino la pregunta sobre la canción que le llenaba hasta el corazón del alma y Alejo no dudó en señalar que era 039, un número cantado.

“Aún cuando tengo muchas que gustan demasiado tanto como esa y que han alcanzado fama, por ejemplo, ‘La cachucha bacana’, ‘La candela viva’, ‘La perra’ y ‘El pedazo de acordeón’. Esa se la compuse a Irene Rojas, una muchacha de la cual me enamoré cuando veníamos atravesando en una lancha por el río San Jorge. Al llegar al puerto ella seguía por un rumbo distinto al mío y la vi subir en un carro que tenía la placa 039. Por eso le puse así al paseo. 

Cuando yo venía viajando, bajaba con mi morena,

y llegando a  la carretera se fue y me dejó llorando.

Ay, es que me duele, es que me duele

y es que me duele válgame Dios,

039, 039, 039 se la llevó.

Irene se fue llorando, a mí esa cosa me duele.

Se la llevó el maldito carro ,aquel 039. 

Después de contar detalles de la famosa canción, ‘La Cacica’ le formuló una pregunta difícil sobre los mejores acordeoneros de la provincia y él contestó: “Vea, me pone usted en un compromiso. En esa época estaba ‘Chico’ Bolaño que era un zipotón de músico. Francamente no me atreverá a calificar a estos señores como Fortunato Fernández, Eusebio Ayala, Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales, entre otros. De los actuales, Calixto Ochoa es un músico donde lo pongan. 

El mejor 

Cuando la entrevista iba viento en popa, Consuelo Araujonoguera lo puso en jaque al pedirle que le respondiera con franqueza sobre cuál de los tres hermanos, Náfer, Luis Felipe y él, era el mejor. Contestó sin vacilar: NÁFER.

Ella, ante la respuesta vuelve y le insiste. ¿Seguro. No será modestia suya?

“Náfer es el mejor de los tres. Náfer, es el mejor y tiene más preparación que yo porque el que más aprende más sabe y además a usted la canción que más le gusta es ‘Sin ti’ de Náfer”.

Para el cierre de la primera entrevista Alejo Durán, el magdalenense de nacimiento, cesarense por decreto y cordobés por adopción, se comprometió a llevar el vallenato por todo el mundo teniendo como acompañante a su célebre pedazo de acordeón, ese mismo que le abrió las puertas con su habitual: “Apa, Oa, Sabroso” y que lo convirtió en leyenda desde el miércoles 15 de noviembre de 1989.

 

 

Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

Tomarse un tinto con el compositor Adolfo Pacheco Anillo a orillas del río Magdalena, cuando pasa por Barrancabermeja, fue algo mágico. Es un narrador auténtico que pone la palabra en el lugar preciso, al lado del corazón.

Viendo correr ese caudaloso afluente comenzó a hablar de esos recuerdos que lo tienen en el más grande pedestal como compositor vallenato.

“No pensé que hoy a mis 76 años, los cumplí el pasado 8 de agosto, recibiera tantos homenajes que ya van por 60, siendo los más recientes en el Festival de Acordeones del Río Grande de la Magdalena de Barrancabermeja y ahora en el Primer Festival Internacional de Acordeones de Miami”.

Da un repaso por los homenajes que visitan en ese momento su memoria, y otros que aunque no se acuerda fueron significativos en su vida, pero se detiene en uno especial

“En el Festival de la Leyenda Vallenata del año 2005 fui coronado como Rey Vallenato Vitalicio, y ese fue mi grado como gran compositor vallenato. Eso fue un gran honor y se demostró que soy un gran cultivador de esta bella música que se impone en el mundo”.

Enseguida comienza un repaso por la historia de la vida, de donde han salido los cantos vallenatos que lo han catapultado a la gloria y hace el reconocimiento a la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata por llevar el estandarte “para que el vallenato clásico permanezca con el paso del tiempo y cada año en Valledupar se den cita miles de concursantes: acordeoneros, cajeros, guacharaqueros, compositores, verseadores y cantantes”.

No paraba de explicar. “No cabe duda que todo ese trabajo es producto de la visión que tuvo Consuelo Araujonoguera, con quien tuve algunas diferencias, pero que al final acepté su decisión, templanza y proyección para esta querida música vallenata”. 

La hamaca grande 

El tinto iba consumiéndose a la par de las paradas de su ameno diálogo y entonces entró en el campo de sus composiciones que suman más de 200, esas mismas que tienen el sello del hombre pueblerino y apegado a sus costumbres.

“Si cuento de todas, acá tendremos que amanecer”. Es lo primero que señala. Entonces se direcciona por la canción donde pudo por su talento y admirable descripción montar en una hamaca grande al pueblo vallenato para que meciéndose en ella cantara. A su vez, uniendo el poder del acordeón y la voz de Andrés Landero lo hizo exactamente en dos minutos y 50 segundos.

“El que me inspiró esa obra fue el inolvidable compadre Andrés Landero, quien fue a participar en el Festival Vallenato y no ganó, y entonces me propuse con mi canto que hice en 1969 llevar a Valledupar al lado de mi compadre Ramón Vargas Tapias, un presente con la música de mi pueblo, especialmente una hamaca grande, más grande que el Cerro e’ Maco”.

Al viejo compositor sanjacintero le revoloteó en su pensamiento ese recuerdo cantado que fue un trasteo de sentimientos y con elementos pegados a su tierra.

Cuando salió la canción el historiador, político y escritor Eduardo Lemaitre Román, publicó en El Universal de Cartagena una columna donde destacaba la obra, pero señalaba que la hamaca no servía para hacer el amor.

El maestro Adolfo Pacheco al leer ese escrito, no paró de reírse, como exactamente lo hizo ahora, pero le contestó.

“Le agradecí el elogio a la canción, a la hamaca Sanjacintera, y le dije que yo que no era tan experto en cuestiones del amor, pero me sabía de memoria 25 posturas, o sea lo que se puede llamar sexo colgante”.

Dentro de ese entorno musical vino la grabación de su célebre canción por parte del artista Carlos Vives que le produjo muchas satisfacciones, principalmente del orden económico.

“Carlos me solicitó el permiso para grabar dos canciones: ‘La hamaca grande’ y ‘El viejo Miguel’, y con gusto se lo concedí. Al final me grabó la primera”.

Era el año 1993, y el compositor ocupaba el cargo de Director de Tránsito en Cartagena, y por concepto de regalías de su obra le llegaron 25 millones de pesos.

“Con esa plata enseguida cambié de carro, arreglé mi casa y vivía mejor, pero cual sería mi sorpresa que al poco tiempo me llegaron varias demandas por enriquecimiento ilícito, y me tocó salir a enfrentarlas, pidiendo a Sayco copias del pago de las regalías y con eso se cerró el caso”. 

Río de lágrimas 

Iba a seguir hablando de los 47 años de haber compuesto esa canción cuando en el local vecino sonó ‘Alicia adorada’, interpretada por Alejo Durán. Agachó la cabeza y con sus lágrimas le hacía competencia al río Magdalena.

“Esa canción me llena de sentimiento”. Y sin pedírselo comenzó a narrar. “A Juancho Polo Valencia lo conocí en una de las giras con mi paisano y acordeonero Ramón Vargas. Una mañana él estaba acostado en un pretil y de almohada tenía una cajita de cartón. Lo llamamos y despertó. Se le entregó el acordeón y en ayunas y con el guayabo en carne viva comenzó a tocar y cantar esa bella canción dedicada a Alicia Cantillo”. 

Pobre mi Alicia, Alicia adorada

yo te recuerdo en todas mis parrandas.

Pobre mi Alicia, Alicia Cantillo

yo te recuerdo con todos mis amigos. 

A la orilla del majestuoso río Magdalena se quedó el viejo sabio del vallenato Adolfo Pacheco Anillo, contando historias de sus canciones y de su linda región bolivarense como la mujer que “solamente se acostaba con pelaos porque los de su edad fingían mucho y no prendían ni empujaos”. Siguió en esa línea y manifestó que esa historia se la narró con pelos y señales a Gabriel García Márquez, quien no dejó de reírse y le pidió que la repitiera. “Ese día Gabo tomó apuntes para dejar constancia que Macondo existe”.

Por Leonor Dangond Castro

Hace más de cincuenta años que conocí a ‘La Cacica’, la comadre como la llamaba mi tío Pepe Castro; mujer de rara belleza e ímpetu, sin saberse si la belleza le venía de su ímpetu o era su ímpetu y vehemencia lo que le daba un especial valor y belleza a su figura escultural y a lo que hablaba y proponía. La conocí siempre activa. Siempre proponiendo nuestras tradiciones y folclor para mostrarlo al mundo, en su organización de las hospitalarias casonas vallenatas para recibir a “medio Bogotá”, como decía.

La conocí en sus inolvidables ‘Cartas Vallenatas’ con las que empezó su carrera de periodista en El Espectador, con las que los vallenatos de todos los pelambres nos sentíamos parte de Colombia y del mundo. Como periodista, con sus acertadas críticas -que a veces no todos compartíamos– siempre expresó una valentía sin par.

Sintió y amó a su tierra con el amor que una madre tiene por sus hijos, sin perder nunca esa naturalidad y amabilidad de la mujer vallenata, amalgama genésica de la mezcla trietnica que ha sabido interpretar el alma vallenata en sus cantos. Asi son mis recuerdos de adolescente de ‘La Cacica’ Consuelo Araujo Noguera.

Ella luchó por sus sueños, por sus verdades, por ser mujer formadora de ideales, propiciadora de proyectos de investigación sobre nuestra cultura; auténtica como pocas, nunca, -ni siquiera el día de su posesión como ministra de Cultura- dejó la mochila arhuaca, que siempre llevó como reconocimiento a la cultura tayrona y a los euparis o chimilas que reinaron otrora en estas comarcas. 

Pionera de los estudios sobre juglares y trovadores que generaron el incipiente interés de la hight cachaca a la que con el tiempo les vendría a caer la gota fría en razón del éxito del vallenato en Colombia y el mundo; tan alejado de solemnidades y estereotipos de la gente del antiplano y cuyo disfrute para los cachacos ella propiciaba en su casa en la plaza de Valledupar.

Su libro ‘Vallenatología’, publicado en 1978, y reeditado recientemente, es un acertado ensayo y reflexión sobre los orígenes, tiempos y escuelas del vallenato, definidas como vallenato-vallenato, vallenato bajero y vallenato sabanero y en el estudio sobre las primeras generaciones de acordeoneros, partiendo de 1840 aproximadamente, con José León Carrillo, Cristóbal Luquez en 1845, Abraham Maestre en 1855, Agustín Montero en 1870 y Francisco Moscote, más conocido como Francisco El Hombre en 1880. Fechas aproximadas que corroboran que la entrada del acordeón a la región, según fuentes históricas, se realizó hacia 1840.

Su testimonio periodístico sobre el compadre Rafael Escalona en ‘Escalona, el hombre y el mito’, es un concienzudo escrito sobre las peripecias y musas que inspiraron en sus cantos vallenatos al más grande y retórico trovador de los clásicos vallenatos: el maestro Rafael Escalona, de las cuales ella fue testigo de primera mano.

Su última obra publicada ‘Lexicón del Valle de Upar’ es un tratado de lingüística española, vallenata y trietnica y habrá de ser en si el reconocimiento a su vasto conocimiento sobre la cultura vallenata, y en el cual recoge palabras que nutrieron histórica, cultural y sensiblemente nuestro entorno. El pangar, aguaitar, el farto, la cosianfira, todas palabras que quedaron enredadas en el tiempo y detenidas en el habla de los otrora esclavos de las haciendas de las sabanas del Diluvio, de la hacienda Las Cabezas y otras extensas heredades pertenecientes al marquesado de Santa Coa, en Mompox. Palabras que tambien se cocinaban y reproducían en la boca de grandiosas y ocurrentes cocineras de las casonas vallenatas.

Recuerdo a Consuelo vestida de pilonera. Le admirábamos su risa joven y la manera como adornaba su cabello con flores de coral; aquel desfile, aquellos cantos del Pilón, mágicamente despertaron mis sentidos y mis sentimientos en los amaneceres del primer día de carnaval, siempre fueron un recorrido de fiesta y baile.

Recuerdo una multitud alegre que alborotaba la entrada de nuestra casa al amanecer, mi padre -alcalde de Valledupar por entonces- brindaba su hospitalidad abriendo las dos hojas de la puerta de la casa y a ella entraban entonces, bailando esa multitud de gentes con gaitas, llamadores y acordeones y un pilón enorme que llevaban entre varios y aposentaban a la entrada de las casas, cantando:

A quien se le canta aquí
A quien se le dan las gracias
A los que vienen de afuera
O a los dueños de la Casa

Recuerdo a Consuelo, organizando los eventos de la creación del departamento del Cesar en 1967, en la junta organizadora del primer Festival de la Leyenda Vallenata, en 1968. Hoy hemos de reconocerle que se merecía con creces su carácter de presidenta vitalicia del Festival de La Leyenda Vallenata, leyenda a la que la hemos incorporado por sus logros en la divulgación del folclor vallenato.

Como ministra de Cultura me confeso: “Durante 30 años hice del Festival Vallenato una empresa cultural con donaciones y patrocinios del sector privado. Solamente con el ministro Alberto Casas en 1998, recibimos ayuda del gobierno”.

Recuerdo su presentación de los Niños del Vallenato en la Casa Blanca, en Washington, durante la administración del presidente Clinton, quien dijo: “Los niños vallenatos no quieren ser guerrilleros sino acordeoneros”.

Para despedirme de este sentido homenaje a ‘La Cacica’ imagino un coro multitudinario cantando su vallenato preferido ‘Honda herida’ del maestro Rafael Escalona:

Yo tengo una herida muy grande que me mata
Yo tengo una herida muy honda que me duele
un hombre así mejor se muere
Ay, para ver si así descansa

Consuelo, no queremos acordarnos de ti como a la heroína que las armas borraron su risa y pensamiento inigualable, sino como la siempre viva Cacica Vallenata que permanecerá en el corazón de los vallenatos.