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La modista vallenata Maritza Cabas Pumarejo tuvo el honor de coserle la famosa prenda de vestir al escritor nacido en Aracataca. 

Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

La mañana del viernes primero de mayo de 1992, día del trabajo, la modista vallenata Maritza Cabas Pumarejo confeccionó el que hasta la fecha ha sido el trabajo de costura más importante de su vida.

Todo comenzó cuando llegaron a buscarla a su casa, “Porque la señora Consuelo Araujonoguera la mandaba a llamar”. Para ella, el llamado fue algo normal porque era su modista de cabecera, pero se encontró con enorme sorpresa. Había sido la escogida para que le cosiera una camisa guayabera al escritor Gabriel García Márquez.

Maritza, se emocionó al recordar la historia ocurrida hace 23 años, y enseguida pone a funcionar la máquina del recuerdo. “Al llegar, encontré a Gabo sentado en una mecedora. En ese momento la señora Consuelo me enteró de la tarea que se me iba a encomendar. Y añadió que la guayabera debía estar lista para el día siguiente, cuando era la gran final del 25º Festival Vallenato donde Gabo sería jurado. Mejor dicho, debía estar elegante como todo hombre Caribe”.

La modista aceptó el encargo con la más grande satisfacción, pero sabía que tenía que hacerla en tiempo récord, porque la camisa era calada y con toda la calidad del caso. Sigue hilando las palabras, y entonces indica. “Enseguida, Gabo se puso de pie para que le tomara las medidas. Comencé con mi labor y él sonreía. Me pidió que fuera manga larga, pero de repente dijo que le causaba mucha alegría que una mujer vallenata le tomara las medidas para esa prenda”.

Comenta que al principio tuvo un poco de nervios, pero en medio de todo quería que el tiempo no pasara. Todos los miraban y eran el centro de atención y sin siquiera darse la primera puntada esa guayabera ya era famosa.

Cuando se le indagó sobre las medidas que le tomó al escritor no lo pensó mucho, cerró los ojos para buscar con su pensamiento los números en la caja de los recuerdos y precisó: “Bueno, si me acuerdo, pero déjeme precisar. Todo es en centímetros: 50 de espalda, 110 de pecho, 104 cintura, 74 de largo, 56 de manga y 47 de contorno de cuello”.

Al dar esos particulares detalles fijó su vista al cielo, y como si fuera ayer, le agradeció a Dios por haberle permitido tener tan cerca al hombre que le entregó a Colombia las más grandes alegrías escritas, y aún más, por poderle coser una guayabera que llevaba la marca ‘Cañaguate’, nombre del barrio más popular de Valledupar donde todavía reside. 

Modista dedicada 

La servicial modista comenzó su tarea preliminar yendo a un almacén a comprar dos metros y medio de tela de olan de hilo, color blanco y los demás elementos necesarios. Con toda la alegría del mundo se sentó en la máquina de coser a dar las puntadas justas, no sin antes concentrarse en el compromiso que no esperaba, pero que le llegó por su profesionalismo. Tuvo la guayabera lista en el tiempo estipulado. “Casi no dormí, pero le puse todo el interés y saqué a relucir mi experiencia”.

Cuando terminó, llevó la guayabera a la antigua casona ubicada en la plaza ‘Alfonso López’, pero en ese momento no encontró a Consuelo, ni a Gabo, pero el día siguiente supo que él se la había puesto, y que Álvaro López, era el nuevo Rey Vallenato superando a los acordeoneros Jesualdo Bolaño y Gabriel Julio.

Lo que ella no sabía era que le venía el premio mayor por su excelente trabajo. Eso lo supo la reina de las modistas tres días después de haber concluido el Festival Vallenato.

De esta manera lo narra. “La señora Consuelo me mandó a llamar nuevamente, y sin dejarme llegar a su casa, me dijo que a Gabo le había gustado tanto la guayabera que pidió que yo le confeccionara cinco más en tonos pastel, y que ella se las haría llegar a Cartagena”.

La emoción se le triplicó en ese instante, y  anota que cumplió el sinigual encargo con todo el amor y la dedicación de su oficio. “Se las hice, ahora sí, con toda la calma del caso. Desde ese día me dicen que soy la mujer que le cosí a Gabo y quedó bien satisfecho”. Entonces sonríe y expresa: “Eso me aumentó el trabajo”.

Seguidamente relata que no tuvo una segunda oportunidad sobre la tierra de volverlo a ver personalmente. Ella, quería darle las gracias por haberle gustado su manera de coser, pero en esos pocos momentos que lo tuvo al frente notó que era un hombre sencillo y amable. 

Admiradora de Gabo 

“Me dolió su muerte, me quedó ese bello recuerdo de la hechura de las guayaberas, y nunca olvidaré todo el aporte que le hizo a la difusión de la música vallenata, especialmente de la vida y obra del maestro Rafael Escalona”.

En medio de sus costuras, que ahora intercala con dictar cursos de modistería, añora que por la emoción de estar tan cerca de Gabo no le pidió un autógrafo. “Me lo hubiera firmado en la hoja donde anoté sus medidas”, dice sin dudarlo.

Solamente le quedaron las fotos que son la prueba fehaciente de aquel corto instante del encuentro entre el escritor y la modista, dos seres humanos cuya afinidad consistía en prestar el más lindo servicio de bordar letras y telas desde dos máquinas diferentes, la de escribir y la de coser.

Maritza Cabas Pumarejo, esa mujer humilde y de hablar grato, sigue apegada al metro, la tijera, las telas, los hilos y los botones son sus grandes aliados, y también a leer con paciencia y calma varias de las obras de Gabriel García Márquez.

Precisamente, sacó de un baúl algunos libros y viejos recortes de prensa donde leyó uno de Gabo que le llamó la atención porque hace énfasis en la música vallenata. Tomó agua y comenzó a media máquina porque se notaba que sus pupilas cabalgaban a la velocidad de sus nostalgias.

“Quien haya tratado de cerca los juglares del Magdalena Grande podrá salirme fiador en la afirmación de que no hay una sola letra de los vallenatos que no corresponda a un episodio cierto de la vida real, a otra experiencia del autor. Un juglar del río Cesar no canta porque sí, ni cuando le viene en gana, sino cuando siente el apremio de hacerlo después de haber sido estimulado por un hecho real. Exactamente como el verdadero. Exactamente como los verdaderos juglares de la mejor estirpe medieval”.

No más había terminado de leer entregó una reflexión del vallenato raizal y pidió un permiso para buscar una revista donde tenía subrayada una frase escrita por la Exministra de Cultura, Consuelo Araujonoguera.

“El vallenato de verdad no se hace. No se fabrica. No se elabora, ni siquiera, digo yo, se piensa o se diseña. El simplemente nace. Nace con fuerza como cualquier machito entre sollozos y pataleos después de que lo engendra el sentimiento y lo pare la inspiración”.

Cerró los ojos y al abrirlos entregó nuevas palabras porque sin pensarlo sacó a relucir el pensamiento de dos personas en las que giró su vida para ser protagonista de una crónica vallenata. 

Recuerdo de la guayabera 

Corrían los primeros días del mes de febrero de 2010 cuando Rodolfo Molina Araujo, presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, visitó a Gabriel García Márquez en Cartagena para cursarle invitación al 43º Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje al maestro Rafael Escalona, y surgió una charla amena que se extendió por ocho horas.

Gabo, quien escribió un vallenato al que le alcanzó la melodía para ocupar 350 páginas, que parrandeó y conoció de cerca los vericuetos de la música vallenata salida de los potreros, de juglares descalzos que estrenaban canciones con letras sencillas donde se describían desde una mujer vestida de amor, hasta la naturaleza bordada de verde y con cintillos de arco iris, ese mismo que creó a Macondo, que se extasió hablando del ayer y recordó con sonrisas la historia de la guayabera festivalera.

Entonces, el hijo de Aracataca comenzó con palabras un recorrido por la vida de Consuelo Araujonoguera, la gran gestora que hizo posible que el vallenato tuviera nombre propio y que se metiera en el corazón de los colombianos con la creación del Festival de la Leyenda Vallenata, al lado del expresidente Alfonso López Michelsen y del maestro Rafael Escalona Martínez.

"Ella fue una mujer que con su trabajo, talento y dedicación vistió de música el Valle del Cacique Upar, y desde la Plaza Alfonso López lo puso a danzar al ritmo del pilón, a interpretar y cantar los cuatro aires del folclor vallenato", fue lo primero que narró el Nobel de Literatura. Y continuó diciendo: “Esa vez, como dice El Chavo del 8, Consuelo, la inolvidable ‘Cacica’, me hizo estrenar sin querer, queriendo”.

Gabriel García Márquez, el hombre que dedicó toda su vida a dejar correr un río de letras que llegaban felices a su destino final, dejó sentado que el folclor vallenato cuenta con su propio color, el amarillo, como las mariposas de Mauricio Babilonia, y que tenía una valerosa mujer que le mandó a coser varias guayaberas, esa ‘Cacica’ que se despidió de la vida y dejó andando a toda máquina la auténtica música vallenata que con sus acordeoneros, cajeros, guacharaqueros, verseadores, compositores, cantantes y piloneras a cuestas, es hoy Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad.

 

 

 

Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

Al llegar a su casa la puerta está cerrada y la única opción es llamarlo a su número celular que está escrito en la pared con el nombre que es conocido en Chimichagua y sus alrededores: ‘El Templa’.

Al hacerlo contesta de inmediato y luego de explicarle el motivo de la llamada dice: “De una me dirijo a mi casa para que tiremos una larga parla. Estaba dándole vueltas al paisaje y ya estoy en la cabina de mando de mi adorada bicicleta que es vieja, pero todavía da la talla”.

Demora poco y al llegar esboza gran parte de su vida que tiene todos los matices y cuenta que pecar le hace daño y que por decisión propia le sacó tarjeta roja al sufrimiento. “Eche, la vida tan corta y regalarle sufrimientos no se  vale, y por eso hay que ser un bacán”, es su argumento principal.

Enseguida al preguntarle a qué se dedica, sorprende con una respuesta llena de diversas alternativas. “Me la he pasado por estos días sacándole el presupuesto al pensamiento para ver cuánto entrega, y esa tarea es complicada”.

Después de dejar los números quietos para otra mesa de trabajo expresa que “Lo que nunca ha salido de mi presupuesto es la música de los hermanos Zuleta. Esa es mi alimento gratuito, es como la Virgen Inmaculada, patrona de mi pueblo, que está siempre a mi lado. Esos cantos preclaros y ese acordeón virtuoso adornan mi corazón y arrullan mis sentimientos”.

La emoción de Simón ‘El Templa’ subió al lado de las estrellas y comenzó a cantar pedazos de varias canciones hasta aterrizar en ‘Mi hermano y yo’.

Se calla un momento y manifiesta: “Esa es la canción que frena los sinsabores, que aviva la llama del folclor y encanta a cualquiera que ame el buen vallenato”. 

Hace tiempo que en mi mente existía

un viejo compromiso de componer un son

se trataba de hacé una melodía

con unos cuantos versos, con todo el corazón

pero el tiempo no es corto todavía

y ya llegó el momento para poder cantar

con una nota linda

con una voz sentida

y ganas de llorar. 

Para darle mayor claridad a su concepto anota. “Sin la música de los hermanos Zuleta, mi vida pasaría trabajo, las emociones estarían de luto, y sería como el pescador sin mujer que no tiene donde tirar su atarraya cuando tenga que acostarse”.

Sin pensarlo mucho relata que sabe de la historia y de los discos grabados por los hermanos Zuleta, pero que no hace alarde de eso. “Mi argumento son sus canciones que tienen las medidas exactas para gustar a sus miles de seguidores que están regados por el mundo y que se deleitan como Dios manda. Como los Zuleta no hay. Ellos son únicos, hacen parte de una excelsa dinastía. En otras palabras, son fabricantes de alegrías vallenatas”. 

Petición de ‘El Templa’ 

El personaje Simón ‘El Templa’, le dicen así desde niño, y cuyo nombre de pila es Simón Hernández Pérez, quien cuenta con 56 años, se desempeña en diversas labores porque nunca se le ha arrugado al trabajo y lo deja muy claro. “Mi vida es un disco que ha dado miles de vueltas y como dice Poncho Zuleta, también me he comido las verdes y las maduras”.

Hace una pequeña parada y se mete por completo en el intríngulis de su existencia que cada día tiene que reinventarse para no quedarse rezagado ante los avances que el mismo hombre proporciona.

Mientras entrega sus conceptos, en una vieja grabadora que él llama ‘La reina Zuletista’, suenan canciones de estos artistas a los que quiere como a su propia familia. “En mi casa los Zuleta siempre han jugado de local y esa música en ocasiones la mezclo con algunas cervecitas para que el cuerpo esté a tono”.

Cambiando de tema, hace diversas referencias a la inseguridad reinante. “Esto está fregao por todas partes. Así como vamos se pueden robar el arco iris para venderlo color por color”.

Enseguida regala sus acostumbradas carcajadas, que son el timbre para que sus queridos vecinos sepan que está entablando un ameno diálogo.

Entonces, se pone serio y dice: “Gracias por la entrevista cachetosa, bacana o Makia como dicen mis hijos, y mi gran ilusión sería ver tocar en vivo a los hermanos Zuleta, porque toda mi vida los he escuchado a la distancia. De esa manera me he enamorado de su auténtica música y ahora tengo que dar gracias al Festival Vallenato por ese merecido homenaje que le harán en Valledupar”.

Cuando menos se esperaba el singular personaje preguntó. “¿Paisano, se imagina a Simón ‘El Templa’ parado al frente de la tarima del Parque de la Leyenda Vallenata viendo a Emiliano ejecutar su maravilloso acordeón y a Poncho cantar con esa versatilidad única?”.

Le brillaron los ojos y no dijo más nada. Corrió para la tinaja a tomar agua y no pasar ese momento en seco. Volvió a dar nuevamente las gracias por tenerlo en cuenta y regresaron las carcajadas del hombre más popular de Chimichagua, y al que por su manera de ser todos lo buscan, “Por supuesto”, para enjuagar la vida con jocosidades y dejar desfilar por sus memorias canciones que tienen la marca Zuleta. 

Porque cuando escucho mi triste acordeón

quisiera reírme y quisiera llorar

porque cuando escucho a mi hermano cantar

quisiera una copa llena de licor

quisiera un momento olvidar el dolor

que pasen las penas y sentirme feliz

al lado de mi hermano

con quien he batallado

para poder vivir.

Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

La canción ‘La gota fría’, creada en 1942 por Emiliano Antonio Zuleta Baquero y que cuenta con más de 80 versiones, cautivó de primera oída al argentino Alan Eloy Monzón, quien se había propuesto llegar a la meca del vallenato para conocer esa historia.

Este nómada del folclor Latinoamericano, nacido hace 24 años en el barrio El Palomar de Buenos Aires, ha recorrido países como Uruguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil y Colombia, donde ha visitado en tres ocasiones a Valledupar, enamorándose perdidamente del folclor vallenato. 

Regalo del abuelo 

Su encuentro con la música del Valle del Cacique Upar fue de milagro, y le cambió la vida casi al instante. Así lo cuenta paso a paso: “Viajando por el sur de Argentina compartí fogón con un chico que tenía un acordeón. Me lo prestó y, desde ahí me gustó. Cuando volví a casa en Buenos Aires le comenté a mi familia y me ayudaron a contactar a mi abuelo, que se llama Juan Castillo, quien era el dueño de un acordeón, sistema piano. Mi abuelo es oriundo de Corrientes, tierra de los acordeones donde nació el ritmo musical llamado Chamamé”.

El abuelo, al ver el interés de su nieto por la música, no dudo en entregarle su adorado instrumento e impartirle las más elementales clases. “Heredé su pedazo de acordeón, un pedazo de su vida que rodó con él por muchos años. Estoy eternamente agradecido con abuelo Juan”.

Con el acordeón en su poder, dejó todo a un lado y se sumergió en el amplio mundo de las notas y los cantos. Estuvo un año aprendiendo sólo y después buscó al profesor Luis Cañiu, quien le trazó de manera precisa la manera de interpretar  tangos y el Chamamé.

Superada esa primera etapa, tomó la determinación de emprender una aventura por distintos países; su primer destino fue Bolivia, llevando su música a buses, restaurantes, mercados y lugares con buena afluencia de público. “La formación que tengo es por estar tocando en la calle, así sean las mismas canciones que voy redescubriendo”, afirma Alan Eloy. 

Llegada a Colombia 

En esas correrías comenzó a investigar sobre Colombia y su música, encontrándose con la cumbia, y después con el vallenato. “Una vez encontré una canción que se llama ‘Ay hombe’. Desde ahí empecé a escuchar canciones  como ‘La gota fría’ (Emiliano Zuleta), ‘Matildelina’, (Leandro Díaz) y ‘Pedazo de acordeón’ (Alejandro Durán), entre otras, y me encontré con ritmos distintos como merengue, paseo, puya y son, que no los conocía, y de inmediato me empezaron a gustar. Hasta conocí otro tipo de acordeón que se llama diatónico o de botones”, dice, mientras da las explicaciones precisas.

Enseguida, Alan entra en el verdadero mundo vallenato y se pasea por esta tierra a la que exalta por su belleza natural y su folclor. “Cuando llegué a Valledupar me sorprendió el vallenato puro, el de acordeón, caja y guacharaca. Así nada más. Yo conocía el vallenato, pero con muchos instrumentos”.

Se emociona y relata que le gusta el vallenato sencillo, tocado debajo del palo e’ mango, en los patios y en el río Guatapurí. “Eso nos acerca al folclor de más sentimiento”, recalca.

Después, cierra los ojos y al abrirlos cita a un compositor sublime, según sus propias palabras. “Leandro Díaz me agradó por su forma de describir, y me llama más la atención que una persona que no veía pudiera plasmar hermosas canciones”. 

Festival Vallenato, una gran fiesta 

Para enamorarse de Valledupar contribuyeron su amistad con la periodista Taryn Escalona, el maestro Andrés ‘El Turco’ Gil y sobremanera, con el Festival de la Leyenda Vallenata.

“He estado tres veces en Valledupar y por poco tiempo. Hace tres años estuve en el Festival Vallenato, una gran fiesta, y me agradó el concurso de acordeón infantil porque los participantes tienen mucha expresión, espontaneidad y lo saben disfrutar. Esta es una hermosa tarea que cumple la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata”.

Sorprendido con la pregunta de si en algún momento quisiera participar como acordeonero aficionado, responde de inmediato. “Yo toco otro estilo de música, a mí me gusta escuchar para nutrirme de cada cultura. Tendría que dedicarme un tiempo largo y estudiar bastante el acordeón diatónico con el que me defiendo, pero me conformo con aprender a interpretar los cuatro aires del folclor vallenato”.

Mientras mira al frente, hace un comentario sobre el afiche promocional del 49º Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje a Emiliano y Poncho, los hermanos Zuleta. “Estos son los hijos de Emiliano Zuleta Baquero, el autor de la canción que más me gusta: ‘La gota fría’. Él, fue un juglar extraordinario y al morir dejó una huella gigante”.

Para cerrar el ciclo interpretó la canción, pero esta vez en el propio templo de la música vallenata, y no en la calle como suele hacerlo frecuentemente. 

La selección Colombia 

Mientras hacía el recorrido por las notas de su acordeón, tuvo tiempo para hablar de fútbol, que como a todo argentino le corre por las venas. Destacó a Diego Armando Maradona como el mejor futbolista del mundo, porque según él estuvo arriba, abajo y nunca perdió. “Maradona siguió siendo el mismo, como acá Diomedes Díaz”. Observó a los presentes y nadie dijo nada, lo que le permitió sacar su propia conclusión: “El que calla otorga”.

La trampa del sentido de pertenencia por su país fue cuando se le preguntó por el desempeño de la Selección Colombia, y de una anotó: “Está entre las mejores selecciones del mundo, claro, si tiene un técnico argentino, el profesor José Pékerman”. (Risas).

El acordeonero Alan Eloy Monzón se despidió del Parque de la Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’ con miles de gotas de emociones, con su larga cabellera alborotada por el viento y llevando en su pensamiento, que se desplazaba a toda velocidad, el recuerdo de la canción donde el viejo ‘Mile’ tuvo la osadía de cantarle la tabla a Lorenzo Morales, pa’ que se acabara la vaina.

Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

A su llegada, llenó de sonrisas el lugar. Llegó a cumplir un deseo que nació desde que hace varios años comenzó a tocar su acordeón de juguete: convertirse en Rey Vallenato.

Sus ojos recorrían el Parque de la Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’, y comenzaron las preguntas para inscribirse en el concurso de acordeón aficionado, porque ahora cuenta con 21 años.

Jesús Alberto Suárez Guevara no se hizo acompañar de cajero ni guacharaquero, solamente su tía Carmen Guevara estaba con él para que llenara los requisitos que pedía su corazón, porque la ilusión no se inscribe, a menos que le toque detenerse en el peaje del sentimiento. 

“Vive es tocando” 

“Quiero tocar acá”, indicó, así como lo ha hecho en distintos escenarios de su tierra natal, San Gil, Santander. El síndrome de Down no ha sido un obstáculo para darle rienda suelta a las ganas de potencializar su talento, y es así como su tía Carmen cuenta que el año pasado lo trajeron al 48 Festival de la Leyenda Vallenata, y esa fue la llama que encendió aún más su amor por la música vallenata.

“Jesús Alberto, en la plaza Alfonso López, se ganó los aplausos porque imitaba a los acordeoneros que tocaban en tarima. Se ganó el aprecio de muchas personas, y eso lo ponía más contento. Le tomaron muchas fotos”.

Jesús, al escuchar el relato asiente con su cabeza, sin pensarlo toma su acordeón y dice que “Yo toco ‘La piña madura’, también ‘Tú cumpleaños’ y ‘La ventana marroncita’, del compadre Debe”.

En ese momento se ríe, y lleno de emoción dice: “Diomedes, Diomedes, Diomedes. Yo me veía la novela y no me dormía”. (Risas).

Seguidamente, cuenta que su gran alegría es observar videos de artistas vallenatos, especialmente de Silvestre Dangond y Rolando Ochoa, preferencia que tiene una poderosa razón.

Todo sucedió hace tres años, cuando Silvestre y Rolando hicieron una presentación en su pueblo, y Jesús Alberto estuvo en la primera fila del concierto. En el intermedio del show lo subieron a la tarima para que saludara a los artistas, instante que aprovechó para pedirles un acordeón nuevo y cambiar la de juguete que tenía. Su deseo fue atendido de inmediato por los artistas, y desde ese instante tiene un instrumento que es su gran tesoro.

“Vive es tocando su acordeón y lo tiene siempre a su lado. En San Gil cuenta con el apoyo de su mamá, Ángela Guevara, y de sus hermanos Freddy, Aura Marina, Jimena y Ángela Marcela. Su papá, Gilberto Suárez, falleció”, manifiesta su tía Carmen. 

Participante en tarima 

Durante la charla salió a relucir que Jesús Alberto es el consentido en el barrio María Auxiliadora, donde saben que ama el vallenato y no se pierde una presentación artística.

Cuando todo iba viento en popa, el joven músico pidió el favor que le permitieran tocar en la tarima gigante. No se le podía negar esa petición porque era su sueño, era conectar el sentimiento vallenato con su corazón florecido de ilusiones. Al dársele la aprobación, sus ojos brillaron más de la cuenta. Sonrió, se puso de pie y pidió que le llevaran su instrumento.

Los pasos que dio desde la oficina hasta la tarima fueron los más gloriosos de su vida. Se ubicó en el centro del escenario Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, se puso el acordeón al pecho y comenzó a regalar varias notas.

Su tía Carmen, con lágrimas en los ojos, estuvo a su lado viviendo ese instante glorioso para ese ser noble y bueno, cuya inocencia, como lo dice en su canto Fernando Dangond Castro es más grande “que el folclor de mi Valledupar donde el  amor nace en mil corazones, se eternizó en el alma del Cesar y en la alegría de mil acordeones”.

Jesús seguía tocando y sonreía. Estaba viviendo su tiempo de máxima alegría, y quería que los minutos se fueran de paseo para que las manecillas del reloj descansaran de dar vueltas y vueltas.

La presentación fue única. Sin jurados, sin público, y por ende, sin aplausos, pero la escala de emociones superó todos los decibeles hasta hacer llorar al acordeonero.

Estando en esas, paró la fantasía festivalera y esta vez no se escucharon las palabras del presentador Jaime Pérez Parodi: “Señoras y señores, así concluye su presentación el participante Jesús Alberto Suárez Guevara, quien viene procedente de San Gil, Santander”.

 “Ya soy Rey Vallenato” 

Cuando guardó su acordeón, y se bajó de la tarima, miró para todas partes como si no creyera lo vivido y dijo lo primero que le salió en ese momento de su noble corazón: “Ya soy Rey Vallenato, toqué allá arriba”.

Acto seguido, recibió el abrazo de su tía, y en ese preciso momento entregó esas palabras mágicas que valen mucho más que el dinero: “Gracias maestro, por hacerme feliz”…

Y así, como llegó Jesús Alberto, se fue. Claro, que se llevó toda una carga de alegrías a cuestas, esa que brindan las notas del acordeón y que este músico natural sabe tocar hasta con los dedos del alma, recordando al inolvidable Diomedes Díaz Maestre, quien a través de la televisión le enseñó a cantar: 

“Hágame el favor compadre ‘Debe’

llegue a esa ventana marroncita,

toque tres canciones bien bonitas

que a mi no me importa si se ofenden”.