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Por Juan Rincón Vanegas @juanrinconv 

Desde muy niño Oswaldo Enrique Rojano Caraballo se enamoró de esos vallenatos auténticos que escuchaba a través de Radio Libertad de Barranquilla, en el programa ‘Rapsodia Vallenata’, que presentaba el veterano locutor Rafael Xiqués Montes.

“Desde que nací, ya oía música vallenata, y con el paso de los años me aprendí todos los discos que salían. Cantaba donde quiera que iba. Era un niño campesino, y andaba con mi papá en labores de la agricultura. Luego me integré con un conjunto del pueblo, donde los acordeoneros eran Amaury Sarabia y Pablo Venecia”.

De un solo tirón, éste artista quería contar la historia de su vida, esa misma que le permitió ser un cantante aventajado. No paraba de hablar, y pretendía unir en un solo recuerdo esa larga historia que empezó en su tierra natal Mahates, Bolívar, hasta llegar 63 años después a Soledad, Atlántico. 

Luchador del folclor 

Este luchador del folclor vallenato dice que nació para cantar, cuenta su ingreso a la música vallenata en firme. “Esto fue algo que llegó del cielo. Cuando tenía 20 años me vine del pueblo para un carnaval a Barranquilla. Ya cantaba, me rebuscaba en los pueblos, y entonces la cosa cambió. En una parranda me encontré con Dolcey Gutiérrez, a quien le gustó mi manera de cantar y de inmediato me integró a su conjunto. Con Dolcey duré tres años, luego me uní a un grupo de Soledad llamado ‘El espuela de oro’, cuyo propietario era Manuel Niebles González”.

Oswaldo entrega grandes detalles de ese comienzo de actividades musicales, hasta que aterriza en su primera grabación con el grupo de Los Hermanos Sarmiento. “Esa fue una bendición, impusimos la canción ‘Navidad cantando, Navidad gozando’, y realizamos muchas presentaciones”.

No había terminado de hablar, cuando trajo la canción a la pista de su memoria y cantó:

 Con mucho ron y buena comida

celebramos todos la despedida

de un año viejo que se aleja

y de un año nuevo que se avecina

Navidad cantando, Navidad tomando

Navidad gozando, Navidad bailando. 

Cuando concluyó el verso se llevó las manos a la frente. Fue el instante para revivir esos tiempos en que la Estrella de Belén marcaba el derrotero del remate del año, calcaba las alegrías y nostalgias en los corazones. También su aparición en el mundo discográfico, hecho que le depararía momentos felices y algunas tristezas que quedaron regadas en el camino.

Después de evocar, continúa diciendo: “Así comenzó mi carrera en la música vallenata, historial que me ha llevado a grabar 14 discos y cinco CD, de los cuales me han quedado muchas satisfacciones porque continúo vigente, así sea en parrandas y diversas presentaciones”. 

‘El Aparato’ Rojano 

La charla era amena, y entonces llegó el momento de la nostalgia, porque trajo a colación el sobrenombre artístico que se ganó por haberle grabado una canción al Rey Vallenato Calixto Ochoa.

“La canción ‘El aparato’, que apareció en el trabajo ‘Delicias Vallenatas’, me marcó de por vida, y en cada presentación que hago me la piden. Esa canción la grabé en 1982 con el acordeonero Virgilio de La Hoz. La canción nunca ha pasado de moda, y tengo un agradecimiento eterno para el gran Calixto Ochoa”.

Expresa Oswaldo que el mencionado tema es su carta de presentación e incluso, está pensando incluir el nombre en la cédula, porque pocos lo conocen por Oswaldo Enrique Rojano Caballero, sino que le incluyen el apelativo de ‘El Aparato’.

Pasado el tiempo anota que la música ha sido su vida, y que de ella ha vivido al lado de su señora Yamiris Arzuza González y sus hijos Johnny Alberto, Andrés y Oswaldo Enrique. “Nunca lo he negado. La música es mi vida, la satisfacción más grande la siento cada vez que llego así sea a la parranda más pequeña, y le alegro la vida a todos los presentes. Entro como pequeño, y salgo como grande por el agradecimiento general. Gracias a Dios por darme este talento”.

‘El Aparato’ Rojano resalta que su repertorio es amplio, porque no solamente canta las canciones que grabó, sino de todos los cantantes vallenatos. “Lo mío es vallenato puro, ese mismo que aprendí desde muy niño”.

A lo largo de su relato hace énfasis en todos los temas atinentes a su profesión y recalca que “he grabado todo el tiempo, más ahora que hay estudios por todas partes, y no es como antes que solamente se hacía en Bogotá o Medellín. Además de grabar me presento en estaderos, corralejas, casetas y donde me soliciten para parrandas o serenatas. Puedo cantar hasta el amanecer, soy un cantante de cuatro o cinco tandas”.

En los próximos días, este curtido cantor entregará una nueva producción musical teniendo como acordeonero a Juan Vergara. 

Cantor campesino 

Todos los días, especialmente los fines de semana en las horas de la tarde, Oswaldo ‘El Aparato’ Rojano se ubica con un grupo de músicos en el Parque Joe Arroyo, calle 72 con carrera 46 de Barranquilla, donde esperan a las personas que lleguen a contratar sus servicios.

“Desde hace muchos años estoy en esto, y siempre nos contratan. Nos turnamos para los trabajos. Tenemos una gran unión que nos ha servido para salir adelante en invierno o en verano”.

Cuando se le pregunta cuánto es el precio que cobra por la presentación de una hora, anota: “De todos los precios, y hasta rebaja se hace, pero regularmente son 300 mil pesos libres, que en el caso de un grupo vallenato se reparten entre cuatro. Claro, que en una noche se pueden realizar varias presentaciones y se imagina lo bueno que nos va”.

El cantor campesino que salió hace muchos años de Mahates se quedó haciendo reflexiones sobre el vallenato viejo que nunca muere porque en todas partes se interpreta, principalmente en Valledupar, donde en 1968 nació el Festival de la Leyenda Vallenata.

Cuando llegó la hora de la despedida, aprovechó para expresar: “Gracias por acordarse de este humilde servidor, que ha pasado toda la vida cantando el verdadero vallenato. Así lo haré hasta que Dios me llame a ponerle una parranda en el cielo, y en la cual espero me acompañe Alejo Durán”.

Oswaldo ‘El Aparato’ Rojano tuvo a bien mostrar su gran tesoro, el carro Zastaba modelo 72 que adquirió hace 35 años. “Con mi carrito voy a todas partes”. Además, y de paso hizo un recorrido mental por esos clásicos vallenatos que son su alimento diario, entre ellos ‘La aventurera’ (Pablo Flórez Camargo), ‘No llores mujer’ (Marina Barrios), ‘La pruebita de amor’ (Carlos Bretel), ‘Superación de un hombre’ (Enrique Rada), ‘Ejemplo para el mundo’ (José Antonio Crespo), ‘El alambique’ (Nicolás Bolaños), y naturalmente, ‘El aparato’, su canción predilecta: 

Ayer cuando yo salí, había un asunto pendiente

y cuando llegué a la cita, me encontré un aparato

que se burlaba de mí, y me mondaba los dientes

me decía con su voz ñata aunque tu corras yo te alcanzo.

Yo salí corriendo, corría, y entre más corría,

pero el aparato más cerquita lo veía.

‘El Divo de Juárez’ dejó en la Capital Mundial del Vallenato la camisa que lució durante el histórico concierto del 29 de abril de 2013. 

Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

El lunes 29 de abril de 2013 la casa más grande del vallenato en Colombia estuvo a reventar. El Parque de la Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araújo Noguera’ se vio colmado ante el esperado concierto del artista mexicano Juan Gabriel.

‘El Divo de Juárez’ no solamente se entregó durante las dos horas y 11 minutos del concierto en el que plasmó con su voz su sentimiento de cantor, su agradecimiento a la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, sino que exaltó la ciudad más arborizada que había visto. Además, dejó como recuerdo la camisa autografiada que lució esa noche gloriosa matizada con rancheras y baladas.

Dos días después del concierto, su empresario Carlos Gutiérrez llevó la camisa en chiffon color naranja estampada, talla L, lavada y planchada, con un mensaje de agradecimiento del artista por las atenciones recibidas, por la calidad humana de los asistentes al concierto y donde también se disculpaba por haber estado un poco disfónico.

La elogiada camisa hoy queda como gran testimonio del artista que de igual manera opinó que le gustaba la música vallenata, por todas las historias que contaba y por su parte rítmica que lo hacía bailar. 

Gráficas memorables 

El concierto de Juan Gabriel estaba previsto para un día antes, al lado de los grandes del vallenato, pero por solicitud del empresario, debido a que el cantautor recibía para esa fecha un homenaje del gobierno mexicano por sus 40 años de vida artística, se hizo para la fecha anotada al lado de Pitbull, Peter Manjarrés y Martín Elías.

Antes de subir a tarima, al reconocido artista le fue entregado por parte de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata un poncho y un sombrero vueltiao, prendas que lució orgulloso durante gran parte del concierto, tal como lo registraron las fotografías de Edgar De la Hoz Anaya, reconocido comunicador, quien sobre esa velada memorable manifestó: “el cubrimiento del concierto de un gran artista como Juan Gabriel sin duda es una experiencia visual enriquecedora. Era un artista que trasmitía tranquilidad, un mensaje de sentimiento en sus letras y una puesta en escena sin complicaciones, evidenciando el desprendimiento de parafernalias distractoras”.

Seguidamente entrando al plano artístico anotó que “Juan Gabriel era un gran artista, un artista que se entregaba hasta el cansancio ante el público. Lo tuve cerca, y la mayoría de las veces sonreía ante la acogida que estaba recibiendo. Para la historia queda el registro gráfico logrado a instancias de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, que de manera grata hace parte de nuestra cultura”. 

Concierto sensacional 

El presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, Rodolfo Molina Araújo, al recordar ese concierto indicó: “ese evento musical fue del agrado de todos los asistentes por la calidad y entrega del artista en tarima, su sencillez y calidad humana. Fue de esos conciertos sensacionales, y hoy más que nunca lo recordamos. Que honor tan grande haber tenido a Juan Gabriel en Valledupar. De igual manera destaco el detalle de dejarnos la camisa autografiada que lució en ese concierto”.

Juan Gabriel vino a Valledupar en avión privado, trajo una banda y su mariachi, su chef privado y reportero gráfico personal. El camerino le fue adecuado con un sofá grande, cortinas blancas y rosas rojas. Pidió algo muy sencillo, pero acogedor.

El concierto lo inició con la canción ‘No tengo dinero’, y lo culminó con ‘Por qué me haces llorar’. En total interpretó 15 canciones.

Alberto Aguilera Valadez, más conocido como Juan Gabriel, partió colmado de aplausos luego de expresar: “Gracias Colombia”. Se marchó para nunca más volver, dejando una estela de alegrías cantadas que ahora se enfrentan a la tristeza, pero que se esquivan al enfocar la nostalgia viva que ahora produce la partida final del ídolo.

‘El Divo de Juárez’ se quedó para siempre en el corazón de todos lo que asistieron al concierto, y que cantaron al unísono sus canciones, esas que lo convirtieron en ídolo, le otorgaron diversos premios y su ingreso al Salón de la Fama.

El secreto del artista consistió en componer y cantar de acuerdo a lo que le dictara su alma. De esta manera, se fueron desgajando versos y estrofas que fácilmente llegaban al oído de millones de personas que se extasiaron con sus canciones.

Ahora, se dará paso a la leyenda de ese ser singular que nunca se cansó de cantarle a ese sentimiento llamado amor, que durante su vida subió y bajó, pero que él nivelaba con su voz romántica que tenía la esencia para plasmarse en el pentagrama donde las notas lloraban y reían. 

Un astro en el firmamento 

En medio de todos esos recuerdos de Alberto Aguilera Valadez, aparece el concepto de Diomedes Díaz Maestre, quien en el año 2011 le grabó al lado del Rey Vallenato Álvaro López Carrillo la canción ‘Caray’.

Al ‘Cacique de La Junta’ le preguntaron sobre el artista mexicano, y sin pensarlo respondió: “Juan Gabriel es un lucero, una estrella, un astro”. Que mejor definición para exaltar a ‘El Divo de Juárez’, ese que ahora brilla en el firmamento con luz propia y cuyas canciones se seguirán escuchando porque se quedaron pegadas en el pentagrama del sentimiento: ‘Siempre en mi mente’, ‘Amor eterno’, ‘Así fue’, ‘Querida’, ‘Hasta que te conocí’, ‘Te sigo amando’, ‘Abrázame muy fuerte’, ‘No tengo dinero’, ‘Por qué me haces llorar’, ‘Se me olvidó otra vez’, ‘Yo no nací para amar’, ‘Déjame vivir’, ‘Ya lo sé que tu te vas’, ‘Adiós al amigo’ y ‘Eternamente agradecido’, entre otras.

Para muchos quedará en el recuerdo la dulce melodía acompañada por unos versos que continuarán sonando con la dulzura y el estilo original del singular cantautor mexicano: 

A todas aquellas personas que me conocieron

y que siempre me dieron cariño y amor,

quiero decirles que los recuerdo

que siempre los llevo conmigo

 por donde quiera que yo voy

 y que nunca los voy a olvidar.

Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

A sus 12 años, el niño Santiago Andrés Molina Ballestas ha escrito páginas gloriosas en la auténtica música vallenata, y no sobra decir que se le avizora un futuro muy grande. Así lo ratifican los triunfos obtenidos en diversos escenarios gracias a su talento, calidad humana y a esa música que lo cautivó, incluso, antes de nacer.

Cuenta su mamá Vicky Ballestas Arnedo, que cuando ella estaba embarazada, su hermano Edwing Ballestas, quien actualmente es cantante de la agrupación vallenata Ruta 4, tocaba el acordeón y su criatura se le movía en el vientre.

Vicky va más allá y explica que “Santy era muy inquieto, cuando estaba llorando, al escuchar las notas del acordeón se calmaba inmediatamente. Cuando tenía un año, le poníamos videos vallenatos y al escuchar las notas se llevaba las manos al pecho para imitar al acordeonero, que casi siempre era Gonzalo ‘El Cocha’ Molina”.

La familia de Santiago no tuvo duda que el niño sería acordeonero, y es así como su abuelo Antonio Rafael Ballestas Martínez le compró un acordeón de juguete cuando apenas contaba con dos años. Con la mayor paciencia, le fue enseñando al niño canciones como ‘Los pollitos’, ‘El cumpleaños’ y la famosa ‘Piña madura’.

Al cumplir los cinco años, el niño ingresó a una escuela de música vallenata en su natal Barranquilla, donde aprendió a ejecutar la auténtica música vallenata, y dos años después le pidió a sus padres que lo dejaran participar en el Festival de la Leyenda Vallenata, logrando en el año 2016, y después de seis participaciones, ocupar el segundo puesto en el concurso de acordeón infantil.

 

Amor al vallenato 

Para ‘Santy’, como lo llaman familiares y amigos, el Festival de la Leyenda Vallenata ha sido su gran plataforma para dar a conocer su talento y estimular a otros niños a querer esta música cautivadora.

“Me he sentido feliz en mis participaciones en el Festival Vallenato, he aprendido mucho y más ahora que ocupé el segundo puesto. El próximo año regresaré en busca de la corona. Amo el vallenato auténtico, y ese es el que toco, canto y compongo, tal y como lo demostré en el programa ‘Grandes Chicos’ del canal RCN, donde recibí un gran reconocimiento”.

Sus padres, Ronaldo Molina Gómez y Vicky Ballestas Arnedo, y todos sus familiares se sienten orgullosos de ‘Santy’ porque es un excelente estudiante que cursa sexto grado en el colegio ‘Guillermo Carey’.

“Es un niño interesado todo el tiempo en el folclor vallenato. Se prepara, estudia y tiene la disciplina necesaria para seguir adelante cada día. Nosotros lo apoyamos en todo y estamos agradecidos con Dios porque nos ha dado un hijo bueno y talentoso”, indica su progenitora Vicky Ballestas.

De su hoja de vida musical se destaca que ‘Santy’ ha sido ganador en distintos festivales que se llevan a cabo en la Costa Caribe. Hace la lista y aparecen: Festival Distrital de Música de Acordeón de Barranquilla; Festival Cóndor Legendario de Juan de Acosta, Atlántico; Festival Indio Tayrona de Santa Marta y Festival Aires de Ariguaní de Algarrobo, Magdalena.

La capacidad de este niño va más allá de interpretar el acordeón, pues también ejecuta el bajo, la guitarra y el piano. En medio de la charla, insiste en que es un fiel seguidor de los Reyes Vallenatos Alejo Durán Díaz, Luis Enrique Martínez y Alfredo Gutiérrez Vital. También se declara admirador del desaparecido Juancho Rois, y actualmente se queda con los estilos de Sergio Luis Rodríguez y Rolando Ochoa.

Entrando en el plano del concurso de acordeón, ‘Santy’ manifiesta que los aires que más le llaman la atención son la puya y el merengue. “En ese orden me quedo con el merengue ‘Mi morena’ del maestro Alejo Durán.

De un momento a otro, el pequeño artista da a conocer sus sueños, que consisten en alternar en algún concierto con Carlos Vives, Silvestre Dangond y Martín Elías. 

Lado humano 

Este pequeño artista cuenta con un gran corazón, así lo demuestra con su apoyo a las fundaciones ‘Brindemos Sonrisas’ y ‘Voy por mi Sueño’. En la Fundación ‘Brindemos Sonrisas’, que se ocupa de ayudar a niños en estado de vulnerabilidad y enfermos de cáncer, ‘Santy’ contribuye donando parte del dinero ganado en los distintos concursos, el cual es destinado a la compra de medicamentos, pañales desechables y demás elementos que puedan necesitar los niños enfermos.

Mientras que en la Fundación ‘Voy por mi Sueño’, que ayuda a niños y niñas que quieren ser artistas o deportistas, los motiva con su ejemplo de dedicación y fe en Dios, les dice que luchen por su sueño, porque pueden lograr todo lo que se propongan con mucha disciplina, constancia y dedicación.

Cada vez que triunfa en un evento les brinda una presentación, les dicta una charla de motivación basada en su testimonio y todo lo que vive para convertirse en un ganador.

‘Santy’ hace parte de la agrupación Los Niños Vallenatos de Andrés ‘El Turco’ Gil, y en su tiempo libre recibe cursos de técnica vocal, clases de acordeón, juega fútbol y escucha música vallenata. 

‘No te rindas’ 

Santiago Andrés Molina Ballestas es un acordeonero infantil que ha brindado múltiples alegrías a sus padres, pero especialmente a cientos de niños enfermos de cáncer. Recientemente visitó a una niña víctima de esta enfermedad, a quien le interpretó la canción de alabanza ‘No te rindas’, de la autoría de Gabriel ‘El Chiche’ Maestre Socarrás, no sin antes darle gracias a Dios por permitirle poner su talento al servicio de los demás.

El mensaje de esa canción estremece el alma en todos sus puntos cardinales, haciendo posible que la vida tenga mayor sentido y sea como un vallenato que se hace con el corazón sonriendo. 

Amigo,

la voluntad de Cristo que me quiso probar,

las cosas que mi alma no quería tocar,

las penas, angustias, rechazos, insultos,

persecuciones, cargada y llena de preocupaciones

y de luchas, agobiada de amarguras.

Tanto que un día yo le pregunte al Señor

qué por qué me trajo a este mundo?

arrodillado, llorando le dije a él

mejor quítame la vida

y él me dijo, yo te amo

sigue avanzando, que estoy contigo.

No desmayes, no te rindas

no te detengas a mitad del camino

aún con barreras y tropiezos te digo:

ve hasta el final.

 

Por Juan Rincón Vanegas  @juanrinconv 

Durante el recorrido de esta crónica, las lágrimas nunca le faltaron a Dulzaide Bermúdez Díaz, quien no podía contenerlas porque el recuerdo del maestro Calixto Antonio Ochoa Campo invadía completamente su pensamiento. Ella, su fiel compañera, habló durante dos horas de lo que fue su vida desde el día en que lo conoció y hasta cuando se despidió del mundo terrenal.

Las lágrimas eran contrarias a la promesa que le había hecho al maestro cuando en una ocasión lo notó mal de salud y se puso a llorar. Él, al verla, le preguntó el motivo y ella solamente atinó a decirle: “Te estoy llorando en vida, porque muerto ya para qué”. En ese momento, él también la acompañó en el llanto, le sirvió para retomar fuerzas y salir adelante. 

La foto del comienzo 

Para Dulzaide, sintetizar tantos y tantos años desde que conoció al “maestro”, como lo llamaba, no es tarea fácil porque encierra todo un compendio de hechos que son la verdadera radiografía de ese campesino que supo darle el mejor uso a su acordeón, poner el cerebro en fila logrando que le regalara melodías y las letras adecuadas con la finalidad de poder armar las canciones  que eran y son la alegría de muchos.

Después de pensar por un momento, comienza a narrar: “Al maestro lo conocí en el año 1971, exactamente en la caseta ‘Brasilia’ del señor Delio Cotes, acá en Valledupar. Yo era una jovencita y mi mamá Alicia Díaz me llevó. Tocaron Los Corraleros de Majagual”.

Los recuerdos los tenía a flor de piel, y continúa. “Él, al poco tiempo me saludó, me invitó a bailar y mi mamá concedió el permiso. Después pasamos a la mesa y muy amablemente me pidió que nos tomáramos una foto. Esa foto la guardo como el mayor tesoro, porque fue el inicio de algo que el tiempo se encargó de unir”.

De pronto, hace una pequeña parada para indicar que la historia es demasiado larga, donde cada uno tomó su camino y más adelante se encontraron para vivir sin contratiempos. Entonces, aparecen escenas de Valledupar, Cartagena, Barranquilla, incluso, Estados Unidos, exactamente en la discoteca ‘La Clave’ de Miami, donde en medio de música llenaron juntos el crucigrama del sentimiento que los llevaría tiempo después a la ciudad de Sincelejo donde vivieron juntos desde el miércoles 23 de junio de 1993, primero en un apartamento, para luego pasar a su propia casa ubicada en el barrio Las Terrazas.

Después de contar algunas cosas de esta inigualable relación, regresa en el tiempo para comentar que Calixto Ochoa tuvo su propio razonero. “Mis padres eran muy celosos conmigo, pero recibía las carticas y los regalos que me enviaba el maestro a través del cajero Simón Herrera, padre del rey vallenato Juan David Herrera. Claro, que en ese tiempo no se concretó nada. Era joven y estaba estudiando. De todos modos quedó la semilla”.

Enseguida se llevó las manos a la cara y atrapó muchas lágrimas que brotaban sin pedir permiso. En ese momento, el recuerdo le movía su corazón de lado a lado. 

Todos los recuerdos 

Dulzaide sigue narrando que Calixto Ochoa era su todo, que lo admiraba por todo lo que significaba para el folclor colombiano, que conoció de primera mano sus gustos y hasta sus terquedades, que ella sabía llevar con la mayor paciencia para que se sintiera feliz.

“A pesar de haber sido tan grande, nunca se creyó lo que era. A pesar de haber salido de donde salió, siempre fue el mismo Calixto Ochoa. Él siempre fue la misma persona que salió de Valencia de Jesús, el que yo conocí, siempre fue ese hombre humilde, del pueblo. Las noticias relacionadas con premios, reconocimientos y demás, eran como cualquier noticia de ayer”.

Contó que el maestro Calixto se retiró de toda actividad musical con Los Corraleros de Majagual en 1994, porque aseguraba que ya estaba bueno. “Es mejor retirarse uno, a que lo haga el público. Ya hice lo que iba hacer, no voy más porque me dedicaré a componer”, solía decir Calixto Ochoa.

Efectivamente, se dedicó a componer hasta que cayó enfermo. “A un lado quedaron varias canciones, algunas iniciadas y otras que tenía proyectadas por las historias que le contaban los que frecuentemente lo visitaban. No volvió a tocar el acordeón, se dedicó a ver los noticieros de televisión y muchas novelas, entre ellas la de Diomedes, porque se veía reflejado en la misma. Muchas veces lloró cuando sonaban sus canciones en la serie y la nostalgia lo arropaba”, contó Dulzaide.

Recuerda también que no se perdía un partido de su querido Junior y más de la selección Colombia, ocasiones en las que ordenaba que le buscaran la camiseta amarilla, una cachucha y un pito. “Ese pito lo sonaba, se emocionaba, cuando metían un gol no cabía de la dicha y se volvía comentarista. Y cuando un árbitro pitaba algo en contra de la Selección, ya le digo, cogía su cipote rabia”. En este momento, la protagonista de la entrevista medio sonrió.

Poco a poco, Dulzaide Bermúdez iba dando a conocer su historia al lado del maestro Calixto Ochoa, y si le faltaba algo por decir, se regresaba de inmediato. “La vez que me conoció en Valledupar y habló conmigo, me prometió componerme una canción. Le dije que mucho cuidado, porque mi papá era muy bravo, aunque mi mamá era una gran seguidora de su música. Fue por mi mamá, quien me hablaba del maestro Calixto y su obra musical que aprendí a quererlo. Definitivamente, me enamoré cuando noté que él se fijó en mí”.

Las añoranzas no le dejaron más salida, sino que volver a llorar al diseñar en su mente ese momento sublime del amor donde las alegrías del corazón se adornaron con pétalos de rosas perfumadas. 

El último cumpleaños 

Que linda está la mañana

en que vengo a saludarte

venimos todos con gusto

y placer a felicitarte 

Aquel viernes 14 de agosto de 2015 fue un día único, porque el gran Calixto Ochoa estuvo encantado y feliz con tantos detalles recibidos. Fue el día de su último cumpleaños.

“Él quería pasar su cumpleaños en Coveñas, Sucre, pero a propósito comencé a atrasarle la fecha. El día del cumpleaños llegó un grupo de mariachis bien temprano. Les dije que en cinco minutos subieran al cuarto y comenzaran a darle la serenata. Cuando escuchó las trompetas se sorprendió, preguntó sobre la fecha y le dijeron que era 14 de agosto. Al compás de la música el maestro comenzó a llorar y al final dio las gracias por el detalle”.

Después, lo bajaron hasta el tradicional kiosco donde se hicieron las más memorables parrandas y se armó la fiesta con diversos grupos musicales, entre ellos, el de Farid Ortiz; pero el máximo regalo con el acordeón lo recibió por parte de su hijo Rolando, quien se paseó por sus grandes éxitos, al tiempo que juró llevar su nombre y su obra musical hasta el infinito. 

Yo a ti te juro por mi mamá que te quiero mucho

y se equivoca el que esté pensando que no es así,

ya yo no puedo olvidarte a ti ni por un minuto

y lo que pasa es que ya no puedo vivir sin ti. 

Recuerda Dulzaide que las frases de sus canciones le tocaron el alma y ese día lloró al lado de los suyos, quizás como nunca lo había hecho, sin pensar que no disfrutaría otro cumpleaños.

Llega una nueva parada. Más lágrimas brotan de sus pupilas mientras relata que “para mí el estar al lado de Calixto era mucho, era lo más grande que yo tenía. Estoy muy agradecida con él por permitirme pasar a su lado los últimos momentos de su vida, esos años en los que me enseñó que lo mejor del mundo era la pureza del alma y el amor a tiempo”. 

Amor por Valencia 

En otro de los episodios de la vida del rey vallenato Calixto Ochoa aparece su pueblo, Valencia de Jesús, ese al que nunca se cansó de exaltar y cantarle. Precisamente, había decidido regresarse de Sincelejo, donde vivió casi 60 años, y estar en su pueblo natal, pero la muerte se le adelantó.

“El maestro había pedido irse para Valencia de Jesús. Le entró una nostalgia muy grande y decía que le arreglaran la casa del papá. Se comenzaron los arreglos para estar allá antes de diciembre, pero se enfermó y murió, y con el dolor del alma se le llevó, pero fue para su tumba. Se le cumplió su última voluntad”.

Nuevamente empieza a disertar sobre la vida y obra del hombre genial que le cantó con la mayor sapiencia a las cosas cotidianas con resultados admirables, recibiendo en vida los más grandes reconocimientos. En ese instante, Dulzaide Bermúdez recordó una canción que lo marcó para toda la vida: 

Yo recuerdo que le dije

déjeme viví otros años,

pero esto fue un sueño triste

porque desperté llorando. 

En el año de 1969 Calixto Ochoa compuso la canción ‘Sueño triste’, en la que cuenta la historia que vivió en su pensamiento, y donde la muerte con todo su misterio fue la protagonista; añadió más renglones del sueño raro y triste cuando se imaginó muerto y todos comentando “tan bueno que fue el difunto”.

Cuarenta seis años después ese sueño se cumplió, como lo dibujó esa mañana al despertarse, y que ahora no pudo ver, pero fue un sueño calcado porque hubo luto, los acordeones llorando y su morena estuvo inconsolable.

‘Sueño triste’, la canción que grabó el mismo Calixto en 1970 cuando tenía 36 años, y diez años después lo hizo con total éxito Diomedes Díaz al lado de Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza.

A Calixto Ochoa, según la petición que le hizo en la canción, la muerte lo dejó vivir otros años, en los que pudo coronarse como Rey Vallenato en 1970, ser finalista del primer Festival Rey de Reyes en 1987, ver florecer cientos de canciones que fueron el pan de cada día de los amantes del auténtico vallenato, y en el año 2012 recibir el más grande homenaje en el Festival de la Leyenda Vallenata.

Casi al finalizar, el diálogo con Dulzaide volvió casi al comienzo y se estacionó en 1970, cuando el maestro Calixto se coronó Rey Vallenato. “Mi mamá me contó que en uno de los kioscos hizo una presentación memorable, la gente lo aplaudía mucho, cuando ganó lo pasearon y en su pueblo eso fue lo más grande”.

Para ella, esa fue la película más brillante del célebre hijo de Valencia de Jesús, pero como conocedora de sus gestas musicales sorprende al dar el nombre de las canciones que interpretó. “Y cómo se me van a olvidar: El paseo ‘Muñequita linda’, el merengue ‘Palomita volantona’, el son ‘La interiorana’ y la ‘Puya regional’, todas de su autoría”.

En esta gesta folclórica se presentan las palabras de Consuelo Araujonoguera, ‘La Cacica’, quien lo describió de la manera más precisa: “Calixto Ochoa…es extraordinario, es el representante de la clase vallenata que tiene sabor a tierra, a boñiga, a ganado, a campo, a trabajo, a sudor, a esfuerzo. Yo, diría que Calixto Ochoa es lo más auténtico dentro de la música vallenata”. 

Durmió para siempre 

La última noche de vida del maestro Calixto fue diferente. Estando en la clínica, Dulzaide le dio la despedida sin pensar que lo hacía. “En un momento que lo noté tranquilo, no sé cómo se me ocurrió, comencé a bailarle y a cantarle alrededor de la cama esa bella canción: ‘Los sabanales’. 

Cuando llegan las horas de la tarde

que me encuentro tan solo, y muy lejos de ti…

Me provoca volvé a los guayabales

de aquellos sabanales donde te conocí. 

“Él, se limitaba a sonreír, a seguirme con su vista y cuando terminé, me aplaudió. Entonces, le regalé un beso en la frente. Al cabo rato se quedó dormido para siempre”. En este momento regresan las lágrimas, al recordar que pasadas pocas horas la llamaron a decirle que el maestro había partido para la eternidad. Esa fue la madrugada del miércoles 18 de noviembre de 2015.

Ella, vestida de negro, sigue guardando luto por el hombre que se paseó por la vida tocando su acordeón, cantando y componiendo esas canciones donde está calcada su vida, muchas historias reales y naturalmente su querido pueblo, Valencia de Jesús.

Calixto Antonio Ochoa Campo, lleno de una sabiduría natural siempre supo que la vida no era estable todo el tiempo. Era solamente un sueño, y antes de morir había que aprovecharla.