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Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

A sus 12 años, el niño Santiago Andrés Molina Ballestas ha escrito páginas gloriosas en la auténtica música vallenata, y no sobra decir que se le avizora un futuro muy grande. Así lo ratifican los triunfos obtenidos en diversos escenarios gracias a su talento, calidad humana y a esa música que lo cautivó, incluso, antes de nacer.

Cuenta su mamá Vicky Ballestas Arnedo, que cuando ella estaba embarazada, su hermano Edwing Ballestas, quien actualmente es cantante de la agrupación vallenata Ruta 4, tocaba el acordeón y su criatura se le movía en el vientre.

Vicky va más allá y explica que “Santy era muy inquieto, cuando estaba llorando, al escuchar las notas del acordeón se calmaba inmediatamente. Cuando tenía un año, le poníamos videos vallenatos y al escuchar las notas se llevaba las manos al pecho para imitar al acordeonero, que casi siempre era Gonzalo ‘El Cocha’ Molina”.

La familia de Santiago no tuvo duda que el niño sería acordeonero, y es así como su abuelo Antonio Rafael Ballestas Martínez le compró un acordeón de juguete cuando apenas contaba con dos años. Con la mayor paciencia, le fue enseñando al niño canciones como ‘Los pollitos’, ‘El cumpleaños’ y la famosa ‘Piña madura’.

Al cumplir los cinco años, el niño ingresó a una escuela de música vallenata en su natal Barranquilla, donde aprendió a ejecutar la auténtica música vallenata, y dos años después le pidió a sus padres que lo dejaran participar en el Festival de la Leyenda Vallenata, logrando en el año 2016, y después de seis participaciones, ocupar el segundo puesto en el concurso de acordeón infantil.

 

Amor al vallenato 

Para ‘Santy’, como lo llaman familiares y amigos, el Festival de la Leyenda Vallenata ha sido su gran plataforma para dar a conocer su talento y estimular a otros niños a querer esta música cautivadora.

“Me he sentido feliz en mis participaciones en el Festival Vallenato, he aprendido mucho y más ahora que ocupé el segundo puesto. El próximo año regresaré en busca de la corona. Amo el vallenato auténtico, y ese es el que toco, canto y compongo, tal y como lo demostré en el programa ‘Grandes Chicos’ del canal RCN, donde recibí un gran reconocimiento”.

Sus padres, Ronaldo Molina Gómez y Vicky Ballestas Arnedo, y todos sus familiares se sienten orgullosos de ‘Santy’ porque es un excelente estudiante que cursa sexto grado en el colegio ‘Guillermo Carey’.

“Es un niño interesado todo el tiempo en el folclor vallenato. Se prepara, estudia y tiene la disciplina necesaria para seguir adelante cada día. Nosotros lo apoyamos en todo y estamos agradecidos con Dios porque nos ha dado un hijo bueno y talentoso”, indica su progenitora Vicky Ballestas.

De su hoja de vida musical se destaca que ‘Santy’ ha sido ganador en distintos festivales que se llevan a cabo en la Costa Caribe. Hace la lista y aparecen: Festival Distrital de Música de Acordeón de Barranquilla; Festival Cóndor Legendario de Juan de Acosta, Atlántico; Festival Indio Tayrona de Santa Marta y Festival Aires de Ariguaní de Algarrobo, Magdalena.

La capacidad de este niño va más allá de interpretar el acordeón, pues también ejecuta el bajo, la guitarra y el piano. En medio de la charla, insiste en que es un fiel seguidor de los Reyes Vallenatos Alejo Durán Díaz, Luis Enrique Martínez y Alfredo Gutiérrez Vital. También se declara admirador del desaparecido Juancho Rois, y actualmente se queda con los estilos de Sergio Luis Rodríguez y Rolando Ochoa.

Entrando en el plano del concurso de acordeón, ‘Santy’ manifiesta que los aires que más le llaman la atención son la puya y el merengue. “En ese orden me quedo con el merengue ‘Mi morena’ del maestro Alejo Durán.

De un momento a otro, el pequeño artista da a conocer sus sueños, que consisten en alternar en algún concierto con Carlos Vives, Silvestre Dangond y Martín Elías. 

Lado humano 

Este pequeño artista cuenta con un gran corazón, así lo demuestra con su apoyo a las fundaciones ‘Brindemos Sonrisas’ y ‘Voy por mi Sueño’. En la Fundación ‘Brindemos Sonrisas’, que se ocupa de ayudar a niños en estado de vulnerabilidad y enfermos de cáncer, ‘Santy’ contribuye donando parte del dinero ganado en los distintos concursos, el cual es destinado a la compra de medicamentos, pañales desechables y demás elementos que puedan necesitar los niños enfermos.

Mientras que en la Fundación ‘Voy por mi Sueño’, que ayuda a niños y niñas que quieren ser artistas o deportistas, los motiva con su ejemplo de dedicación y fe en Dios, les dice que luchen por su sueño, porque pueden lograr todo lo que se propongan con mucha disciplina, constancia y dedicación.

Cada vez que triunfa en un evento les brinda una presentación, les dicta una charla de motivación basada en su testimonio y todo lo que vive para convertirse en un ganador.

‘Santy’ hace parte de la agrupación Los Niños Vallenatos de Andrés ‘El Turco’ Gil, y en su tiempo libre recibe cursos de técnica vocal, clases de acordeón, juega fútbol y escucha música vallenata. 

‘No te rindas’ 

Santiago Andrés Molina Ballestas es un acordeonero infantil que ha brindado múltiples alegrías a sus padres, pero especialmente a cientos de niños enfermos de cáncer. Recientemente visitó a una niña víctima de esta enfermedad, a quien le interpretó la canción de alabanza ‘No te rindas’, de la autoría de Gabriel ‘El Chiche’ Maestre Socarrás, no sin antes darle gracias a Dios por permitirle poner su talento al servicio de los demás.

El mensaje de esa canción estremece el alma en todos sus puntos cardinales, haciendo posible que la vida tenga mayor sentido y sea como un vallenato que se hace con el corazón sonriendo. 

Amigo,

la voluntad de Cristo que me quiso probar,

las cosas que mi alma no quería tocar,

las penas, angustias, rechazos, insultos,

persecuciones, cargada y llena de preocupaciones

y de luchas, agobiada de amarguras.

Tanto que un día yo le pregunte al Señor

qué por qué me trajo a este mundo?

arrodillado, llorando le dije a él

mejor quítame la vida

y él me dijo, yo te amo

sigue avanzando, que estoy contigo.

No desmayes, no te rindas

no te detengas a mitad del camino

aún con barreras y tropiezos te digo:

ve hasta el final.

 

Por Juan Rincón Vanegas  @juanrinconv 

Durante el recorrido de esta crónica, las lágrimas nunca le faltaron a Dulzaide Bermúdez Díaz, quien no podía contenerlas porque el recuerdo del maestro Calixto Antonio Ochoa Campo invadía completamente su pensamiento. Ella, su fiel compañera, habló durante dos horas de lo que fue su vida desde el día en que lo conoció y hasta cuando se despidió del mundo terrenal.

Las lágrimas eran contrarias a la promesa que le había hecho al maestro cuando en una ocasión lo notó mal de salud y se puso a llorar. Él, al verla, le preguntó el motivo y ella solamente atinó a decirle: “Te estoy llorando en vida, porque muerto ya para qué”. En ese momento, él también la acompañó en el llanto, le sirvió para retomar fuerzas y salir adelante. 

La foto del comienzo 

Para Dulzaide, sintetizar tantos y tantos años desde que conoció al “maestro”, como lo llamaba, no es tarea fácil porque encierra todo un compendio de hechos que son la verdadera radiografía de ese campesino que supo darle el mejor uso a su acordeón, poner el cerebro en fila logrando que le regalara melodías y las letras adecuadas con la finalidad de poder armar las canciones  que eran y son la alegría de muchos.

Después de pensar por un momento, comienza a narrar: “Al maestro lo conocí en el año 1971, exactamente en la caseta ‘Brasilia’ del señor Delio Cotes, acá en Valledupar. Yo era una jovencita y mi mamá Alicia Díaz me llevó. Tocaron Los Corraleros de Majagual”.

Los recuerdos los tenía a flor de piel, y continúa. “Él, al poco tiempo me saludó, me invitó a bailar y mi mamá concedió el permiso. Después pasamos a la mesa y muy amablemente me pidió que nos tomáramos una foto. Esa foto la guardo como el mayor tesoro, porque fue el inicio de algo que el tiempo se encargó de unir”.

De pronto, hace una pequeña parada para indicar que la historia es demasiado larga, donde cada uno tomó su camino y más adelante se encontraron para vivir sin contratiempos. Entonces, aparecen escenas de Valledupar, Cartagena, Barranquilla, incluso, Estados Unidos, exactamente en la discoteca ‘La Clave’ de Miami, donde en medio de música llenaron juntos el crucigrama del sentimiento que los llevaría tiempo después a la ciudad de Sincelejo donde vivieron juntos desde el miércoles 23 de junio de 1993, primero en un apartamento, para luego pasar a su propia casa ubicada en el barrio Las Terrazas.

Después de contar algunas cosas de esta inigualable relación, regresa en el tiempo para comentar que Calixto Ochoa tuvo su propio razonero. “Mis padres eran muy celosos conmigo, pero recibía las carticas y los regalos que me enviaba el maestro a través del cajero Simón Herrera, padre del rey vallenato Juan David Herrera. Claro, que en ese tiempo no se concretó nada. Era joven y estaba estudiando. De todos modos quedó la semilla”.

Enseguida se llevó las manos a la cara y atrapó muchas lágrimas que brotaban sin pedir permiso. En ese momento, el recuerdo le movía su corazón de lado a lado. 

Todos los recuerdos 

Dulzaide sigue narrando que Calixto Ochoa era su todo, que lo admiraba por todo lo que significaba para el folclor colombiano, que conoció de primera mano sus gustos y hasta sus terquedades, que ella sabía llevar con la mayor paciencia para que se sintiera feliz.

“A pesar de haber sido tan grande, nunca se creyó lo que era. A pesar de haber salido de donde salió, siempre fue el mismo Calixto Ochoa. Él siempre fue la misma persona que salió de Valencia de Jesús, el que yo conocí, siempre fue ese hombre humilde, del pueblo. Las noticias relacionadas con premios, reconocimientos y demás, eran como cualquier noticia de ayer”.

Contó que el maestro Calixto se retiró de toda actividad musical con Los Corraleros de Majagual en 1994, porque aseguraba que ya estaba bueno. “Es mejor retirarse uno, a que lo haga el público. Ya hice lo que iba hacer, no voy más porque me dedicaré a componer”, solía decir Calixto Ochoa.

Efectivamente, se dedicó a componer hasta que cayó enfermo. “A un lado quedaron varias canciones, algunas iniciadas y otras que tenía proyectadas por las historias que le contaban los que frecuentemente lo visitaban. No volvió a tocar el acordeón, se dedicó a ver los noticieros de televisión y muchas novelas, entre ellas la de Diomedes, porque se veía reflejado en la misma. Muchas veces lloró cuando sonaban sus canciones en la serie y la nostalgia lo arropaba”, contó Dulzaide.

Recuerda también que no se perdía un partido de su querido Junior y más de la selección Colombia, ocasiones en las que ordenaba que le buscaran la camiseta amarilla, una cachucha y un pito. “Ese pito lo sonaba, se emocionaba, cuando metían un gol no cabía de la dicha y se volvía comentarista. Y cuando un árbitro pitaba algo en contra de la Selección, ya le digo, cogía su cipote rabia”. En este momento, la protagonista de la entrevista medio sonrió.

Poco a poco, Dulzaide Bermúdez iba dando a conocer su historia al lado del maestro Calixto Ochoa, y si le faltaba algo por decir, se regresaba de inmediato. “La vez que me conoció en Valledupar y habló conmigo, me prometió componerme una canción. Le dije que mucho cuidado, porque mi papá era muy bravo, aunque mi mamá era una gran seguidora de su música. Fue por mi mamá, quien me hablaba del maestro Calixto y su obra musical que aprendí a quererlo. Definitivamente, me enamoré cuando noté que él se fijó en mí”.

Las añoranzas no le dejaron más salida, sino que volver a llorar al diseñar en su mente ese momento sublime del amor donde las alegrías del corazón se adornaron con pétalos de rosas perfumadas. 

El último cumpleaños 

Que linda está la mañana

en que vengo a saludarte

venimos todos con gusto

y placer a felicitarte 

Aquel viernes 14 de agosto de 2015 fue un día único, porque el gran Calixto Ochoa estuvo encantado y feliz con tantos detalles recibidos. Fue el día de su último cumpleaños.

“Él quería pasar su cumpleaños en Coveñas, Sucre, pero a propósito comencé a atrasarle la fecha. El día del cumpleaños llegó un grupo de mariachis bien temprano. Les dije que en cinco minutos subieran al cuarto y comenzaran a darle la serenata. Cuando escuchó las trompetas se sorprendió, preguntó sobre la fecha y le dijeron que era 14 de agosto. Al compás de la música el maestro comenzó a llorar y al final dio las gracias por el detalle”.

Después, lo bajaron hasta el tradicional kiosco donde se hicieron las más memorables parrandas y se armó la fiesta con diversos grupos musicales, entre ellos, el de Farid Ortiz; pero el máximo regalo con el acordeón lo recibió por parte de su hijo Rolando, quien se paseó por sus grandes éxitos, al tiempo que juró llevar su nombre y su obra musical hasta el infinito. 

Yo a ti te juro por mi mamá que te quiero mucho

y se equivoca el que esté pensando que no es así,

ya yo no puedo olvidarte a ti ni por un minuto

y lo que pasa es que ya no puedo vivir sin ti. 

Recuerda Dulzaide que las frases de sus canciones le tocaron el alma y ese día lloró al lado de los suyos, quizás como nunca lo había hecho, sin pensar que no disfrutaría otro cumpleaños.

Llega una nueva parada. Más lágrimas brotan de sus pupilas mientras relata que “para mí el estar al lado de Calixto era mucho, era lo más grande que yo tenía. Estoy muy agradecida con él por permitirme pasar a su lado los últimos momentos de su vida, esos años en los que me enseñó que lo mejor del mundo era la pureza del alma y el amor a tiempo”. 

Amor por Valencia 

En otro de los episodios de la vida del rey vallenato Calixto Ochoa aparece su pueblo, Valencia de Jesús, ese al que nunca se cansó de exaltar y cantarle. Precisamente, había decidido regresarse de Sincelejo, donde vivió casi 60 años, y estar en su pueblo natal, pero la muerte se le adelantó.

“El maestro había pedido irse para Valencia de Jesús. Le entró una nostalgia muy grande y decía que le arreglaran la casa del papá. Se comenzaron los arreglos para estar allá antes de diciembre, pero se enfermó y murió, y con el dolor del alma se le llevó, pero fue para su tumba. Se le cumplió su última voluntad”.

Nuevamente empieza a disertar sobre la vida y obra del hombre genial que le cantó con la mayor sapiencia a las cosas cotidianas con resultados admirables, recibiendo en vida los más grandes reconocimientos. En ese instante, Dulzaide Bermúdez recordó una canción que lo marcó para toda la vida: 

Yo recuerdo que le dije

déjeme viví otros años,

pero esto fue un sueño triste

porque desperté llorando. 

En el año de 1969 Calixto Ochoa compuso la canción ‘Sueño triste’, en la que cuenta la historia que vivió en su pensamiento, y donde la muerte con todo su misterio fue la protagonista; añadió más renglones del sueño raro y triste cuando se imaginó muerto y todos comentando “tan bueno que fue el difunto”.

Cuarenta seis años después ese sueño se cumplió, como lo dibujó esa mañana al despertarse, y que ahora no pudo ver, pero fue un sueño calcado porque hubo luto, los acordeones llorando y su morena estuvo inconsolable.

‘Sueño triste’, la canción que grabó el mismo Calixto en 1970 cuando tenía 36 años, y diez años después lo hizo con total éxito Diomedes Díaz al lado de Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza.

A Calixto Ochoa, según la petición que le hizo en la canción, la muerte lo dejó vivir otros años, en los que pudo coronarse como Rey Vallenato en 1970, ser finalista del primer Festival Rey de Reyes en 1987, ver florecer cientos de canciones que fueron el pan de cada día de los amantes del auténtico vallenato, y en el año 2012 recibir el más grande homenaje en el Festival de la Leyenda Vallenata.

Casi al finalizar, el diálogo con Dulzaide volvió casi al comienzo y se estacionó en 1970, cuando el maestro Calixto se coronó Rey Vallenato. “Mi mamá me contó que en uno de los kioscos hizo una presentación memorable, la gente lo aplaudía mucho, cuando ganó lo pasearon y en su pueblo eso fue lo más grande”.

Para ella, esa fue la película más brillante del célebre hijo de Valencia de Jesús, pero como conocedora de sus gestas musicales sorprende al dar el nombre de las canciones que interpretó. “Y cómo se me van a olvidar: El paseo ‘Muñequita linda’, el merengue ‘Palomita volantona’, el son ‘La interiorana’ y la ‘Puya regional’, todas de su autoría”.

En esta gesta folclórica se presentan las palabras de Consuelo Araujonoguera, ‘La Cacica’, quien lo describió de la manera más precisa: “Calixto Ochoa…es extraordinario, es el representante de la clase vallenata que tiene sabor a tierra, a boñiga, a ganado, a campo, a trabajo, a sudor, a esfuerzo. Yo, diría que Calixto Ochoa es lo más auténtico dentro de la música vallenata”. 

Durmió para siempre 

La última noche de vida del maestro Calixto fue diferente. Estando en la clínica, Dulzaide le dio la despedida sin pensar que lo hacía. “En un momento que lo noté tranquilo, no sé cómo se me ocurrió, comencé a bailarle y a cantarle alrededor de la cama esa bella canción: ‘Los sabanales’. 

Cuando llegan las horas de la tarde

que me encuentro tan solo, y muy lejos de ti…

Me provoca volvé a los guayabales

de aquellos sabanales donde te conocí. 

“Él, se limitaba a sonreír, a seguirme con su vista y cuando terminé, me aplaudió. Entonces, le regalé un beso en la frente. Al cabo rato se quedó dormido para siempre”. En este momento regresan las lágrimas, al recordar que pasadas pocas horas la llamaron a decirle que el maestro había partido para la eternidad. Esa fue la madrugada del miércoles 18 de noviembre de 2015.

Ella, vestida de negro, sigue guardando luto por el hombre que se paseó por la vida tocando su acordeón, cantando y componiendo esas canciones donde está calcada su vida, muchas historias reales y naturalmente su querido pueblo, Valencia de Jesús.

Calixto Antonio Ochoa Campo, lleno de una sabiduría natural siempre supo que la vida no era estable todo el tiempo. Era solamente un sueño, y antes de morir había que aprovecharla.

Por Juan Rincón Vanegas @juanrinconv 

Una tarde vallenata, cuando el sol pedía permiso para despedirse y la luna se asomaba para brillar, llegó al Parque de la Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’ el Rey Vallenato Náfer Santiago Durán Díaz.

Lo acompañaba un compadre, y después de dar un rápido repaso por los recuerdos que marcan la historia de su dinastía, y dialogar sobre diversos aspectos cotidianos del folclor, se iba a despedir, cuando le pidieron que esperara para mostrarle un acordeón.

‘Naferito’, como buen veterano de mil batallas folclóricas, tomó el instrumento, se sentó y comenzó a sacarle algunas notas. No había repasado muy bien los botones, cuando frenó en seco y comentó: “Este es el pedazo de acordeón de Alejo”.

La nostalgia se apoderó de todo su ser, las lágrimas corrieron por sus mejillas y el acordeonero las dejó avanzar sin borrarlas. Ya repuesto del golpe, que no era el del bajo del acordeón, se llenó de sentimiento y añadió: “Ante esto que me acaba de pasar yo no tengo expresión. Que felicidad tan grande. Estoy extasiado de volver a tocar este acordeón después de tantos años, teniendo presente a mi hermano Alejo, que para mi no ha muerto. Mi querido hermano a quien nunca olvido”. 

Un fuera de concurso 

Volvió a tocar la puya dedicada a ese instrumento que le ha dado brillo a su dinastía, y enseguida precisó: “Alejo no quería fiesta con la comadre Consuelo Araújo, y por eso le regaló este pedazo de acordeón tiempo después de coronarse como primer Rey Vallenato”.

Miraba para todos lados, como llamando más recuerdos, y agregó: “A nosotros los Durán, Dios nos premió con bendiciones musicales. En nuestra dinastía hay dos Reyes Vallenatos, compositores, cantantes, cajeros y guacharaqueros. Alejo, toda una leyenda, y yo, que soy el único en toda la historia de este evento que ha sido declarado fuera de concurso”.

Sonríe y continúa con su exposición: “Es una gran satisfacción estar entre los mejores. Tengo entendido que ser declarado fuera de concurso es no tener contendor, y así lo decidió el cuerpo de jurados que integraban Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón, Rafael Rivas Posada, Miguel López Gutiérrez y Leandro Díaz”.

Este hecho único en la historia del Festival de la Leyenda Vallenata, se presentó  el domingo 12 de junio de 1983, cuando se coronó como Rey Vallenato Julio Rojas Buendía. 

Rey de Reyes 

Debido a lo ameno de la charla, y viendo la emoción que embargaba al Rey del Tono Menor, al hijo de Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal, nacido en El Paso el 26 de diciembre de 1932, se le indagó sobre la edición 50 del Festival de la Leyenda Vallenata, Rey de Reyes, y sin darle rodeos al asunto, comentó: “Esta será una competencia única donde siempre están los mejores, pero si deberían ponerle una cláusula para que los participantes toquen vallenato y canten ellos mismos, así sean dos piezas”.

Volvió a tocar el acordeón, y en un silencio de la rutina se le preguntó sobre su posible participación en el concurso. Asumió un gesto serio, y anotó: “La edad no me acompaña, ya son casi 84 años, y por ende las fuerzas ya no son las mismas. Quizá con 15 años menos me le podía medir, porque tengo un buen repertorio de canciones”.

Para demostrar lo anterior, interpretó una puya donde se imagina montado en la tarima y retando a sus contrincantes: 

Ahora para el Rey de Reyes

yo voy hacer esta puya,

para quitarle la bulla

aquel que me compitiere.

 

Que me toque la puya

y que toque el son,

pa’ quitarle la bulla

en el acordeón.

 

Que me toque el merengue

y toque el paseo,

para ver si mueve

duro los deos. 

Enseguida, el veterano acordeonero preguntó: “¿Cómo le parece esta puya?”. “Lleva su pulla”, fue la respuesta. 

Excelso compositor 

Tocado por la emoción, ‘Naferito’ continúo hablando de sus hazañas musicales, las cuales comenzó a los siete años cuando su papá le regaló un acordeón de una sola hilera; de los reconocimientos recibidos en Colombia  y en el exterior, y naturalmente de sus canciones antológicas.

“Hasta el momento tengo compuestas más de 200 canciones, y muchas han sobresalido”. Entonces se puso a recordar nombres y más nombres. Citó a ‘Sin ti’, ‘Déjala vení’, ‘El estanquillo’, ‘La Chimichagüera’, ‘La zoológica’, ‘La flor del melón’, ‘La grabadora’. Seguía dando nombres de obras musicales donde se citan pueblos, hechos y mujeres que han sido la razón de su vida y la fuente de mayor inspiración.

Precisamente, se detuvo un buen tiempo para hablar de la historia de la canción ‘Sin tí’, esa donde hace un amplio paseo por la ausencia del amor platónico que nunca compaginó con su triste corazón, le provocó fuertes temblores en el centro de su alma, melancolías en sus largos silencios y la evaporación de los sueños que se llevó el fuego del sentimiento.

Ante el olvido sin remedio, decidió no darle más paso a las nostalgias, sino emprender una serie de vueltas por los bellos albores de las notas de su acordeón. 

Con mi nota triste vengo a decirle a tu alma

lo que está sintiendo mi sincero corazón,

no tengo paciencia, ya no tengo calma

solo vivo triste y loco por tu amor.

 

Sin ti no puedo estar

mi corazón se desespera,

no lo dejes sufrir más

porque le duele y se queja.

Toda la culpa la tienes tú

 si lo dejas que se muera. 

El juglar pasero, después de presentar un extenso recuento lleno de tristezas y alegrías, partió llevándose la satisfacción de volver a tocar ‘El pedazo de acordeón’, ese instrumento sagrado con que se abrió la historia del Festival de la Leyenda Vallenata en las manos de su hermano Gilberto Alejandro Durán Díaz, aquel negro grande que sin cansarse repetía: “Apa, Oa, Sabroso”.

‘Naferito’ se marchó del Parque de la Leyenda Vallenata caminando de forma pausada, tratando de esconder entre pecho y espalda la puya que nunca pasa de moda, esa que tiene imán en su letra y una melodía que contagia a cualquier provinciano. 

Este pedazo de acordeón

ahí donde tengo el alma mía,

ahí yo tengo mi corazón

y parte de mi alegría.

 

Fundingue y Carrandanga, son junto con Embeleco, las palabras que más le gustaban a la exministra de Cultura y creadora del Festival Vallenato, a quien recordamos en su natalicio número 76, palabras que dejó en el libro que escribió sobre los modismos, dichos y refranes de esta tierra de encanto y folclor vallenato. 

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv 

"Cada vez que se muere un viejo se acaba un vocabulario". 

En el año 1994 el Instituto Caro y Cuervo publicó el libro ‘Lexicón del Valle de Upar’: voces, modismos, giros, interjecciones, locuciones, dichos, refranes y coplas del habla popular vallenata.

Esta obra de la exmninistra de Cultura, Consuelo Araujonoguera, recoge el léxico de la región vallenata, entendiéndose como tal esa inmensa zona tanto geográfica como espiritual que arranca en la baja Guajira y se adentra en buena parte del viejo Magdalena Grande.

Al respecto ‘La Cacica’ anotó en su presentación que “Aquí nació y se mantiene un léxico particular que al expresarse oralmente, canta con un dejo melodioso la sonoridad y riqueza de su contenido.  Es la búsqueda y rescate de ese vocabulario y del cómo y el por qué se conserva pese a la cada vez más notable influencia extranjera sobre el castellano, logramos hacer las apuntaciones que dan origen a este trabajo. Algunas de las voces que hemos recogido son de auténtica estirpe castiza que olvidadas en su mayoría por el habla culta o transformadas por el pueblo a través de una peculiar forma de pronunciarlas, fueron adquiriendo al paso de los años, sus propios timbres, ortografía y significado”.

Este trabajo de varios años la llevó a distintos lugares donde pudo recoger la mayor información y contó con el apoyo de reconocidas personas expertas en la materia como Sara Daza de Acuña, Ruth Ariza Cotes, Jaime Sarmiento, Fabio Hinojosa Daza y Carlos Guevara. También destacó el aporte de su hijo Hernando César Molina Araújo: “Ayudante entusiasta y solidario compañero durante el tiempo de la búsqueda y el curucuteo”. 

Palabras en el olvido… 

Darse un paseo por las 245 páginas del libro, 22 años después de su publicación, es un encuentro con palabras escondidas en el baúl de los recuerdos y que pocos tienen la “sutileza” de emplearlas para rendirle homenaje a esos seres que fueron prácticos al hablar.

En la búsqueda y rescate de ese vocabulario y del cómo y el por qué se conserva, pese a la cada vez mas notable influencia extranjera sobre el castellano, se encuentran muchas palabras entre las que se cuentan y que tienen un sinigual significado y cuyo invento se debe a los habitantes de esta amplia región, teniendo como epicentro a Valledupar.

El desfile de palabras es tan largo que hacen que el idioma español sonría ante la sapiencia de aquellas personas que sin quererlo se dieron a la tarea de decirlas para entenderlas y regalarlas hasta llegar a este célebre libro que debe ser de obligada consulta.

Intentando escoger la mayor cantidad de palabras con autenticidad natural aparecen: Trenquipe, Faracateo, Arrequiñe, Juriminga, Flequetear, Tucutaca, Afuerano, Aguadija, Ajilar, Ajocho, Añangotarse, Arrequiñe, Atipuzar, Bajará, Bambolla, Batuqueo, Bolloban, Cacharetiar, Cafuco, Cambanba, Cañeña, Carrandanga, Comistrajo, Corota, Cositero, Curcusir, Currican, Chirimbolo, Chóroco, Chumbulún, Chungo, Enjarminar, Enjoscarse, Enverijamiento, Eschalandrá, Escaralá, Escotera, Esculichá, Engañitarse, Esguajaritar, Esguañeñar, Estrilar, Fagarnia, Fatarsioso, Farto, Forasquín, Gafio, Guacha, Guamacha, Guasabara, Guimba, Gurupera, Huésperes, iguaraya, Imbombo,  Jaiba, Jardiar, Jirimiqueo, Jobero, Jopeo, Julepe, Macoquiar, Mampolón, Matúa, Mejengue, Mitaca, Mojoso, Molunga, Muermo, Murmujeo, Ninguneo, Ñiscla, Ñomácaro, Ñoco, Ópale, Palguarata, Papindó, Paranplan, Perano, Pinducho, Pingarria, Pipiolo, Pirulero, Pleque-pleque, Porrocotón, Rebiata, Relancina, Retobo, Revensino, Salcochar, Saranbeco, Sindiguire, Supungufio,

Talabartan, Taparo, Taranto, Tiña, Tirabeque, Tiria, Tolete, Topetear, Tremolé, Trenquipe, Trupillal, Turupe, Vaqueta, Viaraza, Zabaliar, Zulimba, Zundungo y   ¡tantas más!,

En el libro todas las palabras tienen su significado y da gusto leerlas para conocer de primera vista el aporte que desde esta región del país se la ha dado al idioma castellano y que Consuelo Araujonoguera se dio a la tarea de encontrarlas en los caminos del Valle de Upar. 

La palabra suya 

En aquella ocasión al indagarle a ‘La Cacica’ sobre la palabra que más le gustaba en el Lexicón respondió: “Embeleco”, y continuó diciendo “El Festival Vallenato fue mi embeleco y vea donde va. Claro, que le siguen muy de cerca las palabras Fundingue y Carrandanga”.

Cuando menos esperaba me preguntó. ¿En Chimichagua cual es la palabra más escuchada que no aparece en el diccionario? Contesté: “Jua!” (¿Será que sí? No creo). Risas. 

La palabra “Hubiera”…. 

En el Lexicón del Valle de Upar no aparece la palabra “Hubiera”, pero para Consuelo Araujonoguera era la palabra más derrotista del mundo. Así lo definía. “La palabra que más detesto del castellano es hubiera, porque es derrotista, triste y no debiera existir”.

Por eso hoy digo, si ella no hubiera partido de la vida me estuviera recordando la frase que es mi derrotero eterno: “Los que triunfan son personas ordinarias con una determinación extraordinaria”. 

Yo sé muy bien que en tu tierra querida

has dejado un vacio que no hay como llenarlo.

Porque es verdad que el tiempo

que se va no regresa,

solo queda el recuerdo

de las cosas queridas.