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Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

Tomarse un tinto con el compositor Adolfo Pacheco Anillo a orillas del río Magdalena, cuando pasa por Barrancabermeja, fue algo mágico. Es un narrador auténtico que pone la palabra en el lugar preciso, al lado del corazón.

Viendo correr ese caudaloso afluente comenzó a hablar de esos recuerdos que lo tienen en el más grande pedestal como compositor vallenato.

“No pensé que hoy a mis 76 años, los cumplí el pasado 8 de agosto, recibiera tantos homenajes que ya van por 60, siendo los más recientes en el Festival de Acordeones del Río Grande de la Magdalena de Barrancabermeja y ahora en el Primer Festival Internacional de Acordeones de Miami”.

Da un repaso por los homenajes que visitan en ese momento su memoria, y otros que aunque no se acuerda fueron significativos en su vida, pero se detiene en uno especial

“En el Festival de la Leyenda Vallenata del año 2005 fui coronado como Rey Vallenato Vitalicio, y ese fue mi grado como gran compositor vallenato. Eso fue un gran honor y se demostró que soy un gran cultivador de esta bella música que se impone en el mundo”.

Enseguida comienza un repaso por la historia de la vida, de donde han salido los cantos vallenatos que lo han catapultado a la gloria y hace el reconocimiento a la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata por llevar el estandarte “para que el vallenato clásico permanezca con el paso del tiempo y cada año en Valledupar se den cita miles de concursantes: acordeoneros, cajeros, guacharaqueros, compositores, verseadores y cantantes”.

No paraba de explicar. “No cabe duda que todo ese trabajo es producto de la visión que tuvo Consuelo Araujonoguera, con quien tuve algunas diferencias, pero que al final acepté su decisión, templanza y proyección para esta querida música vallenata”. 

La hamaca grande 

El tinto iba consumiéndose a la par de las paradas de su ameno diálogo y entonces entró en el campo de sus composiciones que suman más de 200, esas mismas que tienen el sello del hombre pueblerino y apegado a sus costumbres.

“Si cuento de todas, acá tendremos que amanecer”. Es lo primero que señala. Entonces se direcciona por la canción donde pudo por su talento y admirable descripción montar en una hamaca grande al pueblo vallenato para que meciéndose en ella cantara. A su vez, uniendo el poder del acordeón y la voz de Andrés Landero lo hizo exactamente en dos minutos y 50 segundos.

“El que me inspiró esa obra fue el inolvidable compadre Andrés Landero, quien fue a participar en el Festival Vallenato y no ganó, y entonces me propuse con mi canto que hice en 1969 llevar a Valledupar al lado de mi compadre Ramón Vargas Tapias, un presente con la música de mi pueblo, especialmente una hamaca grande, más grande que el Cerro e’ Maco”.

Al viejo compositor sanjacintero le revoloteó en su pensamiento ese recuerdo cantado que fue un trasteo de sentimientos y con elementos pegados a su tierra.

Cuando salió la canción el historiador, político y escritor Eduardo Lemaitre Román, publicó en El Universal de Cartagena una columna donde destacaba la obra, pero señalaba que la hamaca no servía para hacer el amor.

El maestro Adolfo Pacheco al leer ese escrito, no paró de reírse, como exactamente lo hizo ahora, pero le contestó.

“Le agradecí el elogio a la canción, a la hamaca Sanjacintera, y le dije que yo que no era tan experto en cuestiones del amor, pero me sabía de memoria 25 posturas, o sea lo que se puede llamar sexo colgante”.

Dentro de ese entorno musical vino la grabación de su célebre canción por parte del artista Carlos Vives que le produjo muchas satisfacciones, principalmente del orden económico.

“Carlos me solicitó el permiso para grabar dos canciones: ‘La hamaca grande’ y ‘El viejo Miguel’, y con gusto se lo concedí. Al final me grabó la primera”.

Era el año 1993, y el compositor ocupaba el cargo de Director de Tránsito en Cartagena, y por concepto de regalías de su obra le llegaron 25 millones de pesos.

“Con esa plata enseguida cambié de carro, arreglé mi casa y vivía mejor, pero cual sería mi sorpresa que al poco tiempo me llegaron varias demandas por enriquecimiento ilícito, y me tocó salir a enfrentarlas, pidiendo a Sayco copias del pago de las regalías y con eso se cerró el caso”. 

Río de lágrimas 

Iba a seguir hablando de los 47 años de haber compuesto esa canción cuando en el local vecino sonó ‘Alicia adorada’, interpretada por Alejo Durán. Agachó la cabeza y con sus lágrimas le hacía competencia al río Magdalena.

“Esa canción me llena de sentimiento”. Y sin pedírselo comenzó a narrar. “A Juancho Polo Valencia lo conocí en una de las giras con mi paisano y acordeonero Ramón Vargas. Una mañana él estaba acostado en un pretil y de almohada tenía una cajita de cartón. Lo llamamos y despertó. Se le entregó el acordeón y en ayunas y con el guayabo en carne viva comenzó a tocar y cantar esa bella canción dedicada a Alicia Cantillo”. 

Pobre mi Alicia, Alicia adorada

yo te recuerdo en todas mis parrandas.

Pobre mi Alicia, Alicia Cantillo

yo te recuerdo con todos mis amigos. 

A la orilla del majestuoso río Magdalena se quedó el viejo sabio del vallenato Adolfo Pacheco Anillo, contando historias de sus canciones y de su linda región bolivarense como la mujer que “solamente se acostaba con pelaos porque los de su edad fingían mucho y no prendían ni empujaos”. Siguió en esa línea y manifestó que esa historia se la narró con pelos y señales a Gabriel García Márquez, quien no dejó de reírse y le pidió que la repitiera. “Ese día Gabo tomó apuntes para dejar constancia que Macondo existe”.

Por Leonor Dangond Castro

Hace más de cincuenta años que conocí a ‘La Cacica’, la comadre como la llamaba mi tío Pepe Castro; mujer de rara belleza e ímpetu, sin saberse si la belleza le venía de su ímpetu o era su ímpetu y vehemencia lo que le daba un especial valor y belleza a su figura escultural y a lo que hablaba y proponía. La conocí siempre activa. Siempre proponiendo nuestras tradiciones y folclor para mostrarlo al mundo, en su organización de las hospitalarias casonas vallenatas para recibir a “medio Bogotá”, como decía.

La conocí en sus inolvidables ‘Cartas Vallenatas’ con las que empezó su carrera de periodista en El Espectador, con las que los vallenatos de todos los pelambres nos sentíamos parte de Colombia y del mundo. Como periodista, con sus acertadas críticas -que a veces no todos compartíamos– siempre expresó una valentía sin par.

Sintió y amó a su tierra con el amor que una madre tiene por sus hijos, sin perder nunca esa naturalidad y amabilidad de la mujer vallenata, amalgama genésica de la mezcla trietnica que ha sabido interpretar el alma vallenata en sus cantos. Asi son mis recuerdos de adolescente de ‘La Cacica’ Consuelo Araujo Noguera.

Ella luchó por sus sueños, por sus verdades, por ser mujer formadora de ideales, propiciadora de proyectos de investigación sobre nuestra cultura; auténtica como pocas, nunca, -ni siquiera el día de su posesión como ministra de Cultura- dejó la mochila arhuaca, que siempre llevó como reconocimiento a la cultura tayrona y a los euparis o chimilas que reinaron otrora en estas comarcas. 

Pionera de los estudios sobre juglares y trovadores que generaron el incipiente interés de la hight cachaca a la que con el tiempo les vendría a caer la gota fría en razón del éxito del vallenato en Colombia y el mundo; tan alejado de solemnidades y estereotipos de la gente del antiplano y cuyo disfrute para los cachacos ella propiciaba en su casa en la plaza de Valledupar.

Su libro ‘Vallenatología’, publicado en 1978, y reeditado recientemente, es un acertado ensayo y reflexión sobre los orígenes, tiempos y escuelas del vallenato, definidas como vallenato-vallenato, vallenato bajero y vallenato sabanero y en el estudio sobre las primeras generaciones de acordeoneros, partiendo de 1840 aproximadamente, con José León Carrillo, Cristóbal Luquez en 1845, Abraham Maestre en 1855, Agustín Montero en 1870 y Francisco Moscote, más conocido como Francisco El Hombre en 1880. Fechas aproximadas que corroboran que la entrada del acordeón a la región, según fuentes históricas, se realizó hacia 1840.

Su testimonio periodístico sobre el compadre Rafael Escalona en ‘Escalona, el hombre y el mito’, es un concienzudo escrito sobre las peripecias y musas que inspiraron en sus cantos vallenatos al más grande y retórico trovador de los clásicos vallenatos: el maestro Rafael Escalona, de las cuales ella fue testigo de primera mano.

Su última obra publicada ‘Lexicón del Valle de Upar’ es un tratado de lingüística española, vallenata y trietnica y habrá de ser en si el reconocimiento a su vasto conocimiento sobre la cultura vallenata, y en el cual recoge palabras que nutrieron histórica, cultural y sensiblemente nuestro entorno. El pangar, aguaitar, el farto, la cosianfira, todas palabras que quedaron enredadas en el tiempo y detenidas en el habla de los otrora esclavos de las haciendas de las sabanas del Diluvio, de la hacienda Las Cabezas y otras extensas heredades pertenecientes al marquesado de Santa Coa, en Mompox. Palabras que tambien se cocinaban y reproducían en la boca de grandiosas y ocurrentes cocineras de las casonas vallenatas.

Recuerdo a Consuelo vestida de pilonera. Le admirábamos su risa joven y la manera como adornaba su cabello con flores de coral; aquel desfile, aquellos cantos del Pilón, mágicamente despertaron mis sentidos y mis sentimientos en los amaneceres del primer día de carnaval, siempre fueron un recorrido de fiesta y baile.

Recuerdo una multitud alegre que alborotaba la entrada de nuestra casa al amanecer, mi padre -alcalde de Valledupar por entonces- brindaba su hospitalidad abriendo las dos hojas de la puerta de la casa y a ella entraban entonces, bailando esa multitud de gentes con gaitas, llamadores y acordeones y un pilón enorme que llevaban entre varios y aposentaban a la entrada de las casas, cantando:

A quien se le canta aquí
A quien se le dan las gracias
A los que vienen de afuera
O a los dueños de la Casa

Recuerdo a Consuelo, organizando los eventos de la creación del departamento del Cesar en 1967, en la junta organizadora del primer Festival de la Leyenda Vallenata, en 1968. Hoy hemos de reconocerle que se merecía con creces su carácter de presidenta vitalicia del Festival de La Leyenda Vallenata, leyenda a la que la hemos incorporado por sus logros en la divulgación del folclor vallenato.

Como ministra de Cultura me confeso: “Durante 30 años hice del Festival Vallenato una empresa cultural con donaciones y patrocinios del sector privado. Solamente con el ministro Alberto Casas en 1998, recibimos ayuda del gobierno”.

Recuerdo su presentación de los Niños del Vallenato en la Casa Blanca, en Washington, durante la administración del presidente Clinton, quien dijo: “Los niños vallenatos no quieren ser guerrilleros sino acordeoneros”.

Para despedirme de este sentido homenaje a ‘La Cacica’ imagino un coro multitudinario cantando su vallenato preferido ‘Honda herida’ del maestro Rafael Escalona:

Yo tengo una herida muy grande que me mata
Yo tengo una herida muy honda que me duele
un hombre así mejor se muere
Ay, para ver si así descansa

Consuelo, no queremos acordarnos de ti como a la heroína que las armas borraron su risa y pensamiento inigualable, sino como la siempre viva Cacica Vallenata que permanecerá en el corazón de los vallenatos.

Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

Desde muy niña a Consuelo Araujonoguera le gustó el vallenato y más cuando se lo escuchaba cantar a Ana Luisa en el hogar de sus padres Santander Araújo y Blanca Noguera, quien a toda hora soltaba cantos de esos viejos juglares.

Esos cantos de la joven se pegaron tanto que ‘La Cacica’ al escribir el libro ‘Vallenatología’, le dedicó una página.

Apartes de ese escrito dice: El sabroso merengue ‘La mujer amarilla’ de Francisco ‘Chico’ Bolaño que aprendí muy niña oyéndoselo a Ana Luisa, la cocinera de mi casa, una gigante femenina con la fuerza de un caballo, que hacía unas arepas deliciosas y que desde bien temprano, en la mesa que había debajo de un palo de limón que estaba en el patio, comenzaba a moler el maíz mientras gritaba, a voz en cuello: 

Tengo mi rosa sembrada,

tengo melón y patilla;

yo soy el hombre que pongo

a las mujeres amarillas. 

De boca de Ana Luisa también aprendí otro merengue de este género, cuyo autor no he podido precisar por más que he investigado y cuya letra comenzaba así: 

Compadre no se vaya,

que el sancocho ya va a está

tiene yuca, tiene ñame

y tiene batata morá. 

De esta manera nació su inquietud por el auténtico vallenato que la llevó a convertirse con el paso del tiempo en una verdadera vallenatóloga y de esta manera pudo conocer de cerca a esos músicos que se la pasaban cantando historias simples, pero bellas porque las engendraba el sentimiento y las paría la inspiración. 

Fidelia, guardiana de los recuerdos 

En medio de esas añoranzas aparece Fidelia María Vásquez López, natural del corregimiento de Mariangola, quien llegó a la vieja casona de la plaza Alfonso López cuando Consuelo Araujonoguera tenía cinco días de casada con Hernando Molina Céspedes.

“Yo tenía 14 años cuando me trajeron y la señora Consuelo se acababa de casar. Ella tenía 18 años. Me amañé enseguida y así poco a poco me fue enseñando los oficios de la casa. La acompañaba a echarle maíz a las gallinas, a regar las matas y aprendí a hacerle los plátanos amarillos serranos con queso, y además le añadía un vaso con leche. Ese era la comida que más le gustaba en la mañana. Ya hacía parte de ese hogar y con el paso de los años fueron llegando sus hijos”.

Las añoranzas enseguida visitan su mente y relata hechos trascendentales de esa gran familia y hace referencia al gran amor de ‘La Cacica’ por todos sus hijos y nietos.

“Cuando hablaba sobre sus hijos se emocionaba y así los definía: Hernando, era el hijo amigo y el hermano mayor; Andrés, el intelectual; Ricardo, el campesino agricultor; María Mercedes, la bohemia; Rodolfo, su alma noble y Edgardo José, ‘El Cuchi’, igualito a su papá en todo”.

A Fidelia también le llegó la etapa de enamorarse y casarse, y entonces ‘La Cacica’ la mandó a hacerse cargo de la finca ‘Mano de Dios’, y allá estuvo 12 años hasta que se regresó a la vieja casona como ama de llaves.

“De esa manera conocí de cerca a prestantes personalidades del país como Gabriel García Márquez, muchos presidentes de la República, ministros, embajadores y especialmente al doctor Alfonso López Michelsen, quien me decía que si le rascaba la planta de los pies con una peinillita me daba para ir a cine”.

Fidelia sigue recordando y llega al punto donde las lágrimas aparecen sin pedir permiso. “La señora Consuelo me bautizó a mi hija María Angélica, pero nunca le dije comadre. Ella, unida a mis hijos, fue lo mejor que Dios me ha regalado en la vida. Me dio muchas cosas, como blusas y vestidos que conservo, pero especialmente me ayudó en la crianza de mis cinco hijos y hoy tres son profesionales”.

Se calmó un poco y contó su entrada hace 30 años a la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata. “Esa fue una bendición que en pocos días me permitirá quedar pensionada. Ella me dijo: necesito que vengas a trabajar conmigo y aquí estoy. Comencé en el sótano de la tarima Francisco El Hombre, y luego pasé hace 12 años al Parque de la Leyenda Vallenata”.

En ese lugar es la diosa coronada, el baúl de los recuerdos, la señora amable, querida y que siempre tiene una sonrisa. La comadre de Consuelo Araujonoguera, pero especialmente la mamá a la que aman sus hijos porque con esfuerzo los sacó adelante. 

Sigue en su corazón 

Fidelia Vásquez no quiere recordar ese sábado 29 de septiembre de 2001 cuando recibió la noticia de la muerte de su comadre, de su amiga y la mujer que la recibió desde niña en su corazón y en la vieja casona de la plaza Alfonso López.

Entonces medita un poco y enseguida anota: “Siempre la recuerdo sonriendo. La recuerdo vestida de pilonera, con sus trinitarias en la cabeza y cantando esas canciones que la emocionaban”. 

Este es el amor, amor

el amor que me divierte

cuando estoy en la parranda

no me acuerdo de la muerte. 

Toma en sus manos el libro ‘Consuelo Política’ escrito por el periodista Galo Manuel Bravo Picaza, donde tiene subrayadas varias frases dichas por ‘La Cacica’ en su campaña a la Gobernación del Cesar.

Una de ellas le llama la atención y la lee pausadamente. “Mi propuesta es una propuesta de paz y tranquilidad que solo se consigue cuando la gente tenga donde trabajar y cuando no sean los viejos que tengan que sepultar a los jóvenes”.

Fidelia sigue en el lugar de siempre brindando con cariño un tinto a cada visitante a las oficinas de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, y claro con su inmensa carga de recuerdos. Ella no se cansa de agradecer a la señora Consuelo, como siempre la llamó, a pesar de ser su comadre, y ahora a sus hijos a los que cuidó, vio crecer y de quienes ha recibido mucho cariño y una casa.

Al final pidió anotar algo. “Diga que la señora Consuelo me hace mucha falta y que todavía hago las cosas como a ella le gustaban”. Fide, como todos la conocen, se quedó ajustando cuentas con la nostalgia.

 

Por Juan Rincón Vanegas - @juanrinconv 

En medio de las miles de alegrías que vivió en su vida musical Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza Daza, solamente una lo hizo llorar muchas veces. Ese detalle cantado  lo recibió en una memorable parranda por parte de Ivo Luis Díaz Ramos, el hijo de Leandro Díaz, quien hace remembranza de esa historia que vivió al lado del hombre que lo proyectó por el mundo vallenato.

“Yo conocí a ‘Colacho’ Mendoza cuando tenía siete años, por las visitas a nuestra casa en San Diego, debido a que iba al pueblo a visitar a su mamá y a su novia Fanny Zuleta”.

No para de contar y anota: “Cuando tuve al frente a ‘Colacho’ fue algo emocionante porque ya sabía de él a través de mi papá. De aquella vez me quedó la imagen del señor que tenía sombrero elegante y con una nota que cautivaba”.

Recalca sobre la imagen de ese músico que tiempo después se enteró interpretaba las canciones del maestro Rafael Escalona y el acordeonero invitado a las eternas parrandas de la familia Pavajeau y de Hernando Molina Céspedes.

Cuenta que a través de esa sincera amistad con Leandro Díaz, fue el primero en grabarle varias canciones entre ellas ‘Yo comprendo’, ‘Morenita’ y ‘La bruja’ 

La primera grabación 

A Ivo, le sirvió sobremanera acompañar a su padre en los largos recorridos por ciudades y pueblos a donde llevaba el mensaje musical y aprovechaba para cantar una que otra canción.

En el año 1989 Ivo, grabó su primer trabajo musical con el Rey Vallenato Rafael Salas, y no dejaba de acompañar a su progenitor hasta que una vez le dieron la oportunidad de cantar cinco canciones con ‘Colacho’. “Todo eso se lo debo a mi padrino Darío Pavajeau, quien me volvió a invitar a la parranda y canté más de 10 canciones”.

Entonces llegó la mejor oportunidad de su vida que la cuenta de la siguiente manera: “El gran ‘Colacho’ Mendoza le dice a mi papá que dentro de 15 días iba a tocar una fiesta para que me diera permiso y lo acompañara. Mi papá se sintió halagado y fue el comienzo de mi cercana relación con este gran acordeonero que supo valorar mi talento”.

De esa manera llegó la oportunidad de grabar un trabajo musical que llevó el titulo de ‘Maestría de triunfadores’ y fue presentado la noche del jueves 11 de junio de 1992, y minutos después se conoció la noticia de la muerte de Rafael Orozco en Barranquilla.

En total esta pareja musical grabó 10 producciones musicales. “Estuvimos 14 años unidos y solamente nos separó la muerte”.

En ese instante Ivo bajó su cabeza, se hizo una pausa en la entrevista porque la nostalgia lo atrapó al pensar en aquel hombre guajiro, Rey Vallenato en 1969, Rey de Reyes en 1987 del Festival de la Leyenda Vallenata y que además de él grabó con Diomedes Díaz, Poncho Zuleta, Jorge Oñate, Silvio Brito, Pedro García, Carlos Lleras Araújo, Isaac Carrillo, Julio Bovea Fandiño e incluso con la orquesta Guayacán. 

Señor ‘Colacho’ 

Al acumular todas esas vivencias el cantautor Ivo Díaz, había venido pensando en hacerle una canción a su compañero ‘Colacho’ Mendoza y la oportunidad le llegó en el año 1994. Fue en una parranda donde le rindió el mejor homenaje en vida y ante pocas personas.

“No sabía como presentar la canción porque el acordeonero era ‘Colacho’. Le dije al dueño de la parranda que tenía una nueva canción y me dijo que la cantara. No había otra opción. Solamente a ‘Colacho’ le chiflé la melodía”. Entonces ‘Colacho’ Mendoza comenzó a tocar su acordeón y de repente se sorprendió con el mensaje. 

Señor ‘Colacho’ Mendoza

el acordeonero más noble del Valle

hoy quisiera dedicarle

los versos sentidos de esta inspiración. 

Y seguidamente en medio del canto hace varias preguntas que el mismo sin dudarlo responde: 

¿Como se llama el que toca?

‘Colacho’

¿Ese quiere la gente?

‘Colacho’

El de la bonita nota

‘Colacho’

Ese amigo inteligente

‘Colacho’ 

El cantor de vallenato auténtico cuenta entre lágrimas, 22 años después, la reacción de ‘Colacho’ por ese homenaje. 

“Por primera vez lo cuento. Fue una expresión de asombro. Fijó su mirada en mí. Estaba llorando al escuchar la manera como lo estaba describiendo. Cuando terminó la canción se puso de pie y me regaló un abrazo de agradecimiento. Seguidamente se sentó y me pidió que la volviera a cantar. En la parranda la canción se repitió más de diez veces y siempre estuvo emocionado”.

Desde ese momento la canción se convirtió en el himno de ‘Colacho’ Mendoza, de sus amigos y seguidores. Cuando el trabajo musical se grabó no había otro titulo ‘Señor Colacho’ porque como el mismo acordeonero la describió. “Es una estaca de canción”.

Ivo regresa para recordar.”En todas las presentaciones se cantaba, y se convirtió en el más sentido homenaje al amigo, al acordeonero, ese del que aprendí  la disciplina, la formalidad y la puntualidad. El mismo al que dibujo fielmente en la canción. El hombre de la magia, el maestro que dejó su propia escuela, encabezada por su hijo Wilber, también Rey Vallenato”.

El hijo de Leandro Díaz buscó la mejor manera de exaltar a ese hijo de Sabanas de Manuela, San Juan del Cesar, La Guajira, quien nació el miércoles 15 de abril de 1936 y murió en Valledupar el sábado 27 de septiembre de 2003, dejando un sello imborrable en la auténtica música vallenata. 

Ese que es un buen amigo

ya él era famoso, yo estaba muchacho

ese de sombrero fino, de acordeón al pecho

se llama ‘Colacho’.